Impact Hub Caracas celebró su 4.to aniversario con un foro sobre resiliencia

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Con un exquisito café oriundo de la Colonia Tovar, que el barista de Bila Caffè vistió de espuma para brindarlo como un «marroncito» o un «con leche», inició la celebración del 4.to aniversario de Impact Hub Caracas. Mañana del viernes 18 de mayo, 2018.

|| Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez.


4to aniversario impact hub caracas Torre Parque Avila
Cierre del 4.to aniversario de Impact Hub Caracas el viernes 18 de mayo, Chacao.

Luego del Café Networking, en el que los invitados se dejaron seducir por unos dulces con la esencia que hace recordar a cualquier abuela repostera, y unos pasapalos bien presentados con la mística gourmet de un chef cosmopolita, se dio inicio a la cita: el Conversatorio Hablando de Resiliencia.

Diferentes personalidades del emprendimiento, la cultura, el entretenimiento, los derechos humanos y medios de comunicación dejaron atrás, en la sala de estar, el aroma recién cola’o del café y el canela perfume de los bocadillos, para disfrutar del foro.

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Rostros retóricos 1 | Amarga y dulce vejez

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Primerísimo primer plano

La grama que absorbe penas y alegrías sirvió de mantel para que dos abuelitas, una más grata que la otra, se apartaran del bullicio de una contaminada ciudad para hablar con aires frescos de mayo como un adolescentes del siglo XX, en el siglo XXI.
||Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez

 

Primer plano

El tiempo se llevó su niñez, su juventud, su mocedad. Una espera que su teléfono, que ya no es de disco, le permita drenar sus angustias [¿querrá gritarle?] o está propiciando que a ella llegue una llamada devuelta, o perdida; perdida como su mirada fija en la pantalla. La otra, nadando en el césped, espera, quizás, que la llamada del amor, amor ido un día como ese seco día de mayo, le pinte su sonrisa, le alegre la vida, le reviva los años, le pinte los labios. Mojada del agua verde olivo aguarda sin prisa, sin llenarse de engaños.

 

Plano medio

A esta, a la de la mirada hundida en la esperanza, la brisa sin fuerza le mueve un tanto el cabello pintado color «vejezepia». A esa, a la de la lavativa digital en la mano, el sol le pegó en la testarudez de su vejez, le frunció más el ceño otra vez; y el tiempo le manchó poco a poco [¡ay tempo loco, loco y tosco!] la cara de arrugas color verrugas; poco a poco como la ura.

 

Filosofía gran angular

Hay quienes en la vida son felices sin tener mucho o nada en mano, mientras otros, con algunas o muchas comodidades —que «lo tienen todo» quizá—, viven con soberbia, ven por encima del hombro, sufren sus derrotas y se les amarga un señor en su interior de nombre «ser humano»; se les achicharra el alma como una pasa vencida, alma que muere de «enviejecida», una enfermedad obligada del tiempo con la que el espíritu se oxida, sí, pero también te carcome la humanidad preñándote el ser de lombrices con sida…


Obturador retórico

La vejez no debe ser sinónimo de amargura.


||  Foto: Leonardo Bruzual Vásquez | Charlaban de sus menesteres en un césped sin manchas de Caracas, Centro de Arte Pdvsa La Estancia, Chacao, Miranda. Domingo 15 de mayo, 2016.


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‘El árbol de la vida’, obra de teatro 100 % elenco down

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Leonardo Bruzual Vásquez


 

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Los más pequeños disfrutaron la obra en primera fila en Pdvsa La Estancia

Un grito lleno de alegría explota en la garganta emocionada. El aplauso fuerte y sincero que nace desde las palmas de un espectador atrapado en cada movimiento de los protagonistas. La pizca de lágrimas en los ojos que se aguaraparon al final de la función. El chillido agudo de los más pequeños, sentados en primera fila sobre el piso, con las piernas cruzadas. Cada una de estas expresiones también formaron parte de la pieza teatral El árbol de la vida.

Estas demostraciones de afectos y asombro del público fueron tan especiales como los actores y actrices de una puesta en escena “cien por ciento elenco down”, resalta su directora, la también actriz Juliana Cuervos. Fue presentada el pasado domingo 10 de abril en el Centro de Arte Pdvsa La Estancia, Chacao, Miranda, institución que conmemoraba el Día Mundial del Síndrome de Down (21 de marzo).

45 integrantes, entre niños, jóvenes y adultos —con promedio de edad de 25 años, acotó Cuervos—, demostraron con su particularidad lo que estuvieron practicando durante un año académico en la asociación civil sin fines de lucro, Apoye, fundación que comenzó hace 16 años con siete miembros y que actualmente ya cuenta con 67, informó su directora Salua Buendía.

 

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45 jóvenes y adultos down protagonizaron la trama en Pdvsa La Estancia

—¿Cuál es el mensaje que se buscan dar con la obra?
—Que nadie puede mandar en el corazón de las personas. También busca demostrar el ejemplo positivo, optimista y la orientación al logro. Creo que el mensaje sería que el trabajo de las personas habla más que muchas palabras, y que le evolución y el desarrollo de las personas está en la acción positiva —sostiene la licenciada en teatro.

 

—Por ahí vi lágrimas en los ojos. ¿Cómo te sientes, como directora, al lograr impactar en el público de esa manera?
—Lo que me gusta es que estamos desmitificando y desmontando la idea de que (las personas con este síndrome) son personas incapaces; al contrario, estamos reforzando el mensaje de la capacidad, de la autonomía (que ellos tienen); y además de un mensaje importantísimo que nos están dando constantemente: y es que con amor genuino y honesto podemos lograr las cosas.

Cuervos espera que esta pieza —que se estrenó en 2013 y está en el repertorio de la Compañía de Teatro Down— pueda ser llevada a varias partes del país. Asimismo, tienen como meta llevar este tipo de trabajos al Festival Nacional de Teatro, que a estas personas se les abra una categoría para poder concursar en eventos nacionales con sus obras maravillosamente especiales como sus “corazones puros que aceptan malicia”, comenta Carmen Millán, madre de una joven down.

En el corazón no se manda

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La pieza teatral cuenta con un elenco 100 % talento down

La historia se centra en una princesa que está enamorada de un príncipe que ha dejado de quererle. Cuando ella le pregunta al ‘Árbol de la Vida’ por que su enamorado no la quiere, él le responde: “Yo no puedo mandar en el corazón de los hombres”.

 

A partir de esa premisa, se desarrolla la trama donde el aventurado príncipe debe realizar varias tareas para recuperar el amor robado por la maldad en su corazón, pero tendrá que vencer una serie de obstáculos para lograr, con el apoyo de los buenos del cuento, concretar su idilio con su amada.

Payasos, brujas, un árbol, sus ramas, una diosa protectora, cisnes, lobos, robots, unas lunas gimnastas artísticas, la princesa, una malévola vieja y el villano con su característica voz gutural que no pueden faltar, hasta un marciano de traje fabuloso, forman parte del repertorio; ¡ah! y un peculiar trío de obsesionadas lavanderas vestidas con harapos sucios cuya misión es mantenerle impecable el traje al príncipe, que restriegan al son del ¡chiquichiquichí!-¡chiquichiquichá! de La mazucamba, tema del sonero del mundo Oscar D’León.

Por eso el teatro, más allá que una pantalla grande bidimensional, siempre tendrá esa particularidad de conectarse con el auditorio al que le florecen las emociones en tercera dimensión sin necesidad de unos lentes especiales, y en esta oportunidad tuvo una dimensión tan especial como su electo, los actores y actrices de la Fundación Apoye, quienes crearon El árbol de la vida de manera colectiva junto a su profesora.

Esta información fue realizada para el Correo del Orinoco.

Alkimia Kinestésica | Café alucinógeno bajo el techo escarapelado


Aquí, con un cafecito negro, recargado, pero todavía guayoyo; calentito, entibiado con el soplo de las entrañas; endulzado con las enseñanzas de la matriarca del ojo de vidrio que pilaba cantando, con el cariño de un matrimonio prematuro roto, con las ocurrencias de mi gente de aquella Cumaná que se niega a sumergirse en las profundidades del golfo negro, temerosa fosa del olvido; café con olor a arena y mar de un amanecer decembrino en San Luis.

El hambre y el frío nos citó en la mesa con orillas desconchadas del piso 8, el último piso. «¿La azotea es un techo u otro piso?», pensé.

Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez.


… me abraza fríamente, me susurra al oído…


Cafecito oscurito cual clarita noche sin estrellas, que se escurrió en el colador de recuerdos. Manga manchada que dejó pasar gratas añoranzas y atrapó, como camisa de fuerzas, dolores y penas.

Cafecito sabrocito que siempre traes contigo hermosos momentos llenos de felicidad proyectados en la mente con la tecnología de una película de los años treinta, recuerdos en blanco y negro como el culo de la taza y el color del caldito, que crispa al paladar.

Cafecito del chorrito colado, riachuelo que alimenta un manantial de pensamientos; agüita termal que abriga el alma, espejito líquido que aguarapa las nostalgias, que estimula los sentidos, los placeres, los caprichos, que quitas a corrientazos el frío.

Cafecito mío; ¡más que mío!, de la sifrina taza vestida de orquídeas; que a sorbos conversa conmigo sobre mis logros. Más que de mis caídas, tropiezos y aprendizajes, hablamos de mis triunfos frente al rostro de la envidia, úlcera carcinógena del yo de la gente que se alimenta de baratos y retorcidos rencores, de personas llenas de llagas en la palabra vacía, como vacío es el reflejo en sus mismos espejos carcomidos de capas rojizas, manchas de óxido, tétano en el tuétano de sus almas.

Cafecito dulcito que destila el bálsamo de mi vieja amiga, > la playa de mis atardeceres; que me cautiva con la fragancia de mi nueva amiga, > montaña fresca de mis amaneceres, que en las mañanas templadas viste su cuello con la elegancia de una fría bufanda blanca.

¿Taza medio llena o medio vacía?

Así, con el vaivén de las evocaciones, sostuvimos una plática plácida y placativa el guarapito oscuro y yo. Entre tanto, de los ojos a la mesa, baja el deseo; del plato a los labios, sube el misterio; del tenedor a los labios, se topan las ganas: torticas de arroz con sazón de la abuela, bañadas por una llovizna de queso; arroz atrapado en una mezcla de harina de trigo y con escarchas de anís dulce comprado en aquella bodeguita de Río Seco, en Sucre, cerca de Yaguaraparo; tortitas como las que me hacía mamá de pequeño, de joven, de adulto.

En el plato las acompaña el néctar de dos cascarones rotos, yemas y claras semirevueltas, blanditas como el corazón enamorado, jugosas como el placer desenfrenado; amarillo y blanco alterados con un toque de sal que endulza esta necesidad de no querer discutir más con el hambre matinal, estomacal, criminal.

¡Solo fue un poco, para ahorrar! La taza quedó medio llena. «Cuando tu tacita esté medio vacía, no te preocupes, llena ese espacio con efusivos recuerdos», pensé. 

¿¡Cómo comenzó esta guarandinga!?

Un bostezo: se levanta medio cuerpo, la otra mitad se queda dormida en el colchón del cuarto forrado en libros…

Un suspiro: desde el fundillo de la taza palaciega, nace, lenta y seductoramente, el humo zigzagueante semitransparente. Asgo con ambas manos el pocillo y dejo que un delgado hilo de corriente me reanime todo el cuerpo, incluso la otra mitad que se quedó dando vueltas sobre el colchón pegado al piso.

Un respiro: hubiese preferido un pocillo de peltre con pecas de óxido, o uno de arcilla, como el barro que sostiene aquella casa de bajareque sobre los cerros de Muelle de Cariaco, o la totumita donde lo bebe mi amiga folclórica Yajaira, la licenciada en Cultura.

Un jadeo: se sale la lengua de la boca, como si se agarrara por las greñas gritando cual loca.
—¡Ax, me quemé! —me sobo la lengua con cielo de la boca, me siento en la decrépita silla…

El ¡tintín! de la cuchara bailadora y unos cuantos soplidos; otro sorbo…
Un quejido del plato tras el leve golpe del tenedor; mastico…
Un torrente caliente se desborda hacia el estómago después; platico…
Recreo en mi mente conversación que únicamente escucho yo:

—¡Hola, Mañana, qué tal te va? ¡Bienvenida seas con tu buena vibra! —Y la mirada se pierde atravesando edificios que parecen moverse, hasta chocar con el verde opaco de la montaña espesa. 
—Aquí vamos, al paso del inexorable y malgastado tiempo, ¡disculpa mi frialdad! —me responde segundos más tarde con un hálito que se descongela desde la cumbre y entra por la ventana de la cocina que está a mis espaldas. Me abraza fríamente, me muerde sutilmente, con la puntita de los dientes, el lóbulo derecho, me susurra al oído, me seduce como una ninfa, como una sirena, como una celestina.
—¿Hablamos? —le digo, y la mirada perdida que se fue hasta las antenas olvidadas sobre el pulmón herido por el cáncer de la quema, hasta el monte sediento de lluvia [anoche garuó]; regresa rápidamente, se vuelve a mí y me mira fijamente. ¡Hielo en los ojos!

Entonces, como si fuera un cuentacuentos risueño, con harapos que improvisan un disfraz, Guayo, mi café, irrumpe a todo pulmón e interrumpe mis cavilaciones con la señora Mañana:
—¡Epa, epa!, ¿y tú no saludas? —le agrega un tonito de colector de busetas en Caracas.
—¡Ya te saludé! Me recibiste con un latigazo en la lengua.
—¡Carajo, quién te manda a hacer que el agua borbotee? —y con el tonito de Óscar Yanes, sigue: ¡ibas a quitarle las plumas a una gallina?
—¡Hace mucho frío, Guayo! —Y al segundo sorbo, ¡puaj!…; ¡aj!, le falta otro poquito de azúcar.
Y para no culparse por su natural amargura, le echa la culpa a su hija:
—¡Mira, Cafeína, qué amarga’o me tienes, mijita!

Y después suelta un grito con aires de Puerto Rico para llamar a su inseparable ayudante; unos dicen que es masculino, otros dicen que es femenino:
—¡¡Azúcar!!, ¡dale dulzor a esa mujer pa’ alejar las tristezas! —exclama Guayo, quien se ríe como Pulgoso, el de Hanna-Barbera. Se enfría un poquito más.

Inmediatamente, dice con una ironía como de quien mueve un llavero en sus manos:
—¡Por eso yo me prefiero dulcito para dar fuerzas, felicidad, fortalezas!
—Tenemos que aprovechar esta magistral mañana, matiz maravilloso de sol, para rememorar unos cuentos espejismos.
—¿A-di-vi-na-qué-te-trai-go! —intenta hacerle cosquillas a mis papilas; tercer sorbo.
—¡Jum! ¿Qué cosa me traes? —le gruño con la mejor intención. 
—¡¡Jo, jo!! Lánzate el cuarto traguito y te muestro. ¡¡Dale pues!! ¡Ja, ja! —bufonea.
— … —Así, llegaron a mí los recuerdos con la velocidad con que se volvió la mirada que se había ido de nuevo a las entrañas de la montaña. Llegaron con ella: el sorbo, la brisa, el canto de la aurora y de las guacamayas y gratos detalles del ayer.

Esa mañana, con las chocarrerías de Guayo, fue muy agradable. Se reconfortó el alma y se acurrrucó tal cual un cachorrito se abriga con el calor de su madre. Conocí de él que la cafeína no es la culpable de su amargura. Él debe agradecerle a ella por su poder estimulante, lo que ha hecho le dé su éxito mundial y ha hecho suspirar de satisfacción a millones y millones con su sabor.

Curiosidades del café

Eh, aquí entre nos, ¡mosca!, dicen que este viejo amargado lo descubrieron cerca del siglo XII, por allá por la tierra etíope del continente olvidado, África. De hecho, existe una leyenda con mucha credibilidad que narra cómo fue que conocieron a este ancestral señor:

La más fuerte y aceptada de las leyendas acerca del descubrimiento del café y la bebida del café es la que hace referencia a un pastor llamado Kaldi. La leyenda dice que Kaldi se dio cuenta del extraño comportamiento de sus cabras, después de que habían comido la fruta y las hojas de cierto arbusto. Las cabras estaban saltando alrededor muy excitadas y llenas de energía. El arbusto del que Kaldi pensó que sus cabras habían comido las bayas tenía como frutas unas muy parecidas a las cerezas. Entonces, Kaldi decidió probar las hojas del arbusto y un rato después se sintió lleno de energía.

Luego, Kaldi llevó algunos frutos y ramas de ese arbusto a un monasterio. Allí, le contó al abad la historia de las cabras y de cómo él se había sentido después de haber comido las hojas. El abad decidió cocinar las ramas y las cerezas; el resultado fue una bebida muy amarga que él tiró de inmediato al fuego. Cuando las cerezas cayeron en las brazas y empezaron a hervir, las arvejas verdes que tenían en su interior produjeron un delicioso aroma que hicieron que el abad pensara en hacer una bebida basada en el café tostado. De esta forma, fue como nació la bebida del café.

Fuente: Mundo del Café

Por cierto, esto lo cuento chismorreando: ¿sabías que el café también tiene sus riñas con el cacao? Unos cacaocultores de Yaguaraparo, en el municipio Cajigal del estado Sucre (noreste de Venezuela), aseguran que el cacao da más energía que el café. ¡Así es la cosa!


  • El café es la segunda bebida más consumida en el mundo después del agua.
  • El cafeto puede producir frutos durante 50 o 60 años.
  • Cada día se consumen más de 2.250 millones de tazas de café en el planeta.
  • Cada cafeto puede producir entre 400 y 500 kilogramos del fruto por año.
  • Fuente: Agrotendencia TV
Migro Agropedia sobre el café | Locución: Leonardo Bruzual Vásquez

Tertulia

El techo escarapelado. La ropa mal lavada de la mujercita espagueti, mal puesta en la cuerda. La arrugada sábana guindada sin ritmo. El portazo… La gata dormida. El maullido despierto. El filamento felino flotando. El canto desafinado de los guacamayos viajeros. El roído del puercoespín hambriento enjaulado. Las cajas de libros encarcelados. El sillón arropado por una sábana llena de pelos, ¡pelos de la bendita gata!

La plancha fría como la niebla y como la lluvia de anoche. La viejísima capa de polvo de la mesita con el retrato que mantiene viva a la doña muerta. El sofá polvoriento y con pelusas, pelusas de la bendita gata rendida, rendida con la misma placidez de la italiana atrapada en el óleo del cuadro: la Venus acostada, inclinada, reclinada, la Venus de Urbino, la del perrito, la Venere giacente de Tiziano, ¡la guarandinga esa! [tomo aire y sigo].

Los cambures marchitos sobre la mesa. Los zapatos tirados bajo la mesa. Los cuadernos rojo y azul cansados sobre la mesa. Los calzoncillos rojos calentados por las piernas bajo la mesa. El abrigo azul cerrado hasta el cuello. El cuello del bombillo quemado que cuelga. El monte quemado de El Ávila. Todos ellos me rodearon en aquella sala [¡y también esa fulana desnuda que se toca la cuca lisa y blanca como la taza, y caliente como el café! ¡Fogoza!]. 

Todos ellos, los tertulianos silentes, sentados sobre la alfombra de madera, sobre las pelusas voladoras, en la quietud de la calma [calma que de repente olió a la leña del fogón de la abuela]; escucharon aquella anécdota antiquísima africana sobre el café, con el mentón en los nudillos de sus dedos; otros, posaron su barbilla en la cuenca de sus manos mientras golpeaban suavemente su rostro con sus dedos.

Los cachivaches en un apartamento del piso 8 también formaron parte de aquella suerte de conversación alucinógena que sostuve con el café que entibia el alma. Aquella plátisiquieraca acalorada bajo el techo escarapelado, una discusión con aires de realismo mágico, intentaba sacar de mi cabeza el zumbido ensordecedor de las cantinas borrachas y del atroz compresor de un sistema de aire acondicionado industrial que nunca apagan. ¡Qué vaina con ese ruido!, ¡apaguen esa vaina! ¡Qué fría has estado, Caracas!

El humo de los gratos recuerdos y el humor de los gratos cuentos pincelaron, cual pintor italiano de 1400, una sonrisa en mí…


Apostillado

No hubo borra en el fondo. No hubo, siquiera, café cortado por falta de la leche borrada por la crisis, cortada por la escasez, ahogada por la especulación. Como el rocío de la neblina, como el chorrito del colador, faltaron calabobitos de canela, mas no me faltó tu cálida compañía mañanera en un país con la cojera de la anciana y sus miserables, la ceguera del pedestal decapitado de Bolívar, un país con sordera como la fuente dormida. Ay, estimado café negro, café solo, café puro, café turco, café de puchero, estás tan caro hoy día que ahora te la das de café con leche.

¡Qué mala leche le cayó al país! ¡Qué mal café para Venezuela!…


Foto: ‘Kaffee’ (café), una ilustración realizada con tinta de pluma mediante la técnica ‘WordArt’, centrada en todas las palabras asociadas con una taza de café. Año desconocido | Diseño: Claudia Tremblay | Cortesía: Free Gazo 


Edición V. Noviembre, 2018.

Capítulo II <

Crónicas Cruzadas 1: La anciana y los miserables

publicado en: Crónicas cruzadas | 4

Leonardo Bruzual Vásquez


… otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra…


—¡Qué escena tan miserable! Esa anciana desaliñada, vestida con trapos remendados, sacados como de un mantel viejo tirado a la basura y orinado por los gatos; camina, se arrastra, se sienta ese sitio todos los días; siempre la veo ahí —pensó, y mientras pensaba, lo decía a su acompañante.
—Para ti es fácil decirlo —le replicó quien le sigue sus pasos, caminando al filo de la acera maltratada.
—¡No, no es fácil! —refutó frunciendo el ceño—. Es fácil pensarlo, pero decirlo me costó. ¿Soy miserable por eso o más miserable es ella?
—Creo que todos en esta vida tenemos una cuota de miserables…
—¿Miserables por cómo actuamos o por cómo pensamos? —le interrumpió, y se miraron firmes mientras la gente que caminaba en sentido contrario pasaba entre los dos.
—A veces, solo por el hecho de ser, de vivir, de respirar, se es miserable —su acompañante se ajustó los anteojos en el tabique de la nariz, con el dedo izquierdo.
—¿Entonces soy miserables por criticarla a ella sin saber por lo que pueda estar pasando, sin saber por qué se sienta ahí en ese lugar que ella hace miserable? —terminó cuestionándose Pedro y se secó su sereno sudor sebáceo que discurría por su sien derecha, una gota fría como el hielo, que quemaba como el hielo seco adherido a la lengua.

Manos ancianas_de Sara Uria
‘Manos ancianas’ es una obra sobre lienzo realizada por la artista plástico española Sara Uría | Cortesía: Artelista

Aquella tarde siguieron su camino para tomar el tren subterráneo y pasaron por un costado de la plaza Francia de Altamira, ideada por el arquitecto Luis Roche —fue un convenio entre ambos países, en París hay una plaza Venezuela—, en cuyo centro hay un obelisco que enciende sus luces por la noche, aunque, muchísimas son las noches en que el mismo obelisco se siente miserable porque sus luces apagadas lo hacen ver más oscuro que la sombra que proyecta. Su dieta eléctrica seguramente está influenciada por la dieta energética que tiene todo el país.

Cruzaron un par de transversales, esquivan algunos promontorios de basura en su andar, seguían hablando de la anciana que consideraron miserable como la crítica que le tejieron él y su acompañante. El perfume que destilaba los desperdicios que vomitaban lentamente las bolsas negras en la avenida San Juan Bosco generó que hicieran una crítica justa hacia los responsables de recogerla en aquel sector que muchos consideran como el mejor de la gran ciudad.

Van y vienen, vienen y van; bajan, suben, suben, bajan; la gente pasa, lento, rápido, caminando, trotando, por aquella acera y la ven allí; otros ni se percatan, otros no huelen la ropa lavada solo con agua, cabellos enjuagados solo con el sudor de los ancianos años de la anciana; no lo palpan con sus sentidos ni los que la ven, ni los que ni la ven.

Lo más seguro es que ni se den cuenta de cómo llega esa octogenaria que habla sola en esa caminería contigua a un edificio en construcción perteneciente a la Alcaldía. ¿La dejan ahí y la sientan? ¿Llega sola y se sienta y luego coloca su manta de lana oscura sobre sus piernas y las dobla para dar la impresión de que está invalida? ¿Vive cerca de allí y adorna el escenario para hacer el momento más real, más sufrible?

A la misma hora, en el mismo lugar, con su desdentada boca, con sus harapos fregados con agua de lluvia, con sus cicatrices de sus años que le pesan como si llevara una cruz de toneladas cubierta de espinas y con su tumbao enfermizo; la mujer, de canas largas que se entretejen con cabellos negros desteñidos, acude a lo que tomó como último trabajo de su vida: pedir limosnas sin abrir mucho la boca, ¡es que ni la abre! —susurra más suave que la brisa, más tenue que el tac tac de los tacones, más débil que el sonido de los preocupados pensamientos de los peatones—. Suplica dinero con la expresión de su rostro, de sus entristecidos ojos, gesto adolorido de sus decadentes décadas. Mete los churupos en su curtido monedero marrón, no por ser de cuero sino por lo sucio, por lo renegrido.

Pedro besa a su acompañante en la mejilla —muy cerca del filo de la boca donde termina la sonrisa— cuando llegan a la esquina de la estación Altamira del metro de Caracas, en Chacao, estado Miranda. Unos caminantes se dan cuenta del gesto de amor, otros comentan, otros los dejan ser, otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra, sombra que no se refleja tampoco sobre el pavimento frío de la calle color excremento, olor excremento, hedores a aceite quemado y a comida rancia, rancia y que rezuma un tufo ácido, ácido cual los comentarios de la muchedumbre que no aguanta la podredumbre del país enfermo como la anciana. La anciana está menos enferma que el país.

Mientras tanto, la matriarca sin dolientes así como llega, se va, sin que nadie sepa más de su vida; pero antes, desenrolla su moña de cabellos, los intenta alisar con su peineta y su mano derecha, mientras tararea palabras que solo ella escucha. Los vuelve a enrollar para luego contar los billetes al son de mojar su dedo con la seca saliva de la punta de su lengua, para saber si la jornada de actuación estuvo buena, regular o mala. ¡Qué escena tan miserable!

Capítulo II…


Apostillado

Días después, a la señora de rostro marchito como una rosa se le ve más sonriente, más limpia, esperanzada, incluso tararea canciones mientras cuenta el fajo de billetes en el que predomina el color azul, el de dos bolívares, el de menor denominación en Venezuela. El tronco del árbol que alguna vez dio sombras ahí está casi al ras del suelo y a veces le sirve para descansar los magullados pies que se sancochan en sus zapatos negros.