Una tradición familiar hace que el amor tenga sabor como a agua para chocolate

publicado en: Bellas Artes, Clímax noticioso | 0

En cada receta hay amargos momentos,
mezclados con hondas reflexiones


La pulpa del fruto del cacao es envidiablemente dulce. En realidad, lo amargo en todo este cuento es su semilla, semilla que pasa por un proceso de fermentación, cociéndose al sol en su propio jugo, y después de otros detalles industriales nace el chocolate, que el consumidor puede degustar en varias presentaciones dependiendo del porcentaje de azúcar o leche que contenga.
||| Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez.

Ch1_Los actores Taba Ramirez y Carla Muller son los protagonistas de esta historia de amor imposible
Los actores Taba Ramírez y Carla Müller le dan vida a los protagonistas de esta historia de amor imposible. ||| Fotos: Juano Abreu

Hay una versión con 100 % del “manjar de los dioses” (como se le conoce al cacao); sin saborizantes, sin nada; cuyo amargor solo le resulta apetecible a particulares paladares. Así de amargo es un romance inalcanzable en Como agua para chocolate, novela escrita en el decenio de los 80 por la mexicana Laura Esquivel. Ahora, en la innovadora adaptación teatral del joven director Julián Izquierdo Ayala, esta historia se endulza un poco con una pizca de humor venezolano.

Gracias a este reajuste que recibió la asesoría del dramaturgo criollo Fernando Azpurua, el público de la Gran Caracas viene disfrutando cada sábado y domingo, —desde el pasado 16 de abril—, la segunda temporada de esta puesta en escena que también se edulcora con el aplauso de quienes se han estremecido, incluso llorado, en las butacas del Teatro Trasnocho Cultural, Baruta.


35 idiomas

Como agua para chocolate (la obra literaria) ha sido traducida a 35 idiomas. Este best seller, con más de 7 millones de ejemplares vendidos, también tiene una versión cinematográfica. Está consagrado como el libro que más ha logrado vender una escritora mexicana. Según reseñas de distintos medios, el año pasado se celebró cinco lustros de aniversario.


Ya en México y España han hecho una modalidad para teatro de esta dura historia «del amor en tiempos de crisis», asegura Izquierdo. Pero fue en enero pasado —en el II Festival de Jóvenes Directores (Caracas)— cuando se inauguró el montaje que agotó todas sus funciones a pesar de no haber ganado, destacó el también actor de 29 años.

En esta cita, justo antes de entrar a la función, recibes el menú con un impecable diseño gráfico. Desde ese momento, se puede apreciar que hay un equipo preocupado por cada centímetro de la deliciosa pieza teatral. Es por ello que el director expresa que ha sido “un honor” y «una suerte» trabajar con profesionales pendientes milimetricamente de cada detalle que vigilaron, incluso, los movimientos coreográficos (a cargo de Taba Ramírez [también en la dirección creativa]).

La ambiciosa propuesta permite que su espectador se sumerja con la exquisita y hasta un tanto burlesca música, original de Juan Pablo García. La mirada del auditorio logra hipnotizarse gracias a la achocolatada y magistral dirección de arte de Alfredo Correia, miradas que se embriagan con los matices entre un acertado diseño de vestuario, maquillaje y estilismo de Freddy Mendoza y un armónico juego cromático alcanzado por la iluminación de Valentina Sánchez

Izquierdo también estuvo con Correia en el diseño de escenografía; y en el diseño en gráfico, con Omar Molina. Contaron con la producción de Ángel “Chucho” Rey. Las asistencias de peinados, de escena, de producción y de dirección estuvieron a cargo, respectivamente, de Gabriel Scampini, Jorge González, Claudia Ayala y Valeria Puchetti, y Arelys González. La coordinación de prensa y medios la tuvo Patricia Aymerich y la fotografía, Juano Abreu.

Amarga tradición

Ch2_Elena (C. Godoy) impide que Tita se case con su eterno amor solo por mantener una tradicion familiar
Elena (Citlalli Gogoy) impide que Tita se case con su eterno amor, solo por mantener una amarga tradición familiar de finales del siglo XIX y principios del XX.

Como agua para chocolate dibuja un romance entre Tita (Carla Müller) —la menor de tres hermanas— y su novio de toda la vida, Pedro (Taba Ramírez), historia silueteada en la época de 1910 durante la Revolución mexicana y la caída de la considerada dictadura de Porfirio Díaz.

Desde que entra en escena Gertrudis (Irene Casanova) —la narradora del drama, quien se alimenta del diario de Tita— se puede sentir, en los primeros pasos de la actriz, que el frenesí de este amor trae consigo un desagradable sabor de boca, representado en el rojo intenso de la falda de su vestido, color simbólico de la pasión, pero igualmente de la sangre, de la tragedia, tragedia que cobra fuerza por una amarga tradición familiar que impide que Tita y Pedro sean felices juntos: la hija menor no se casa, está destinada a cuidar a sus padres en la vejez.

Para que esta principio familiar se mantenga vigente, juega un papel crucial Rosaura (Irene Casanova) —hermana mayor de la protagonista— y Elena (Citlalli Godoy) —madre de las tres y responsable del hogar luego de enviudar—, quien, no endulza esta agua para chocolate, sino que, con su salada prepotencia dictatorial, origina el punto de giro en toda esta historia que hace se le desgarre el alma a Tita, quien encuentra un soporte en su destino: el doctor Juan (Luis Ernesto Rodríguez), una luz entre tanta oscuridad.


Últimas funciones

Cada sábado y domingo se presentan a las 8:00 de la noche en el Trasnocho Cultural hasta el próximo 12 de junio. Aunque no está confirmado aún, podrían extender las funciones dos semanas más, asomó Izquierdo.


Dentro de tanto dolor también hay hondas reflexiones y se entrevé la posición feminista de la autora: predominio de mujeres en el relato, una mujer que sola lleva el peso de un hogar (metáfora, quizá, de una madre con hijos, abandonada por un hombre).

También se manifiestan las detestables consecuencias del egoísmo: todos los personajes querían llenar su necesidad, sin ceder a la petición del otro; esta reflexión la simboliza el doctor Juan, quien, por amor, permite que su amada sea feliz con otro y no con él.

Esta ambiciosa, osada y barroca propuesta de Izquierdo, no solo enmudece al espectador que sufre en las butacas; se asombra y se quebranta; sino que, desde las tablas, estremece y pone a vibrar a la tetera, el reloj de arena y el de péndulo, y otros decoraciones que vienen a ser testigos impávidos de los repentinos llamados de la muerte. Hay quienes sollozan en silencio así como el gramófono de la magistral escenografía, que llora sin que suenen sus lágrimas.

Como agua para chocolate-obra de teatro-Carla Muller y Taba Ramirez-fosforo
La historia de un romance que intentó encender el fósforo del amor y la pasión, y la muerte les apagó la llama.

Si desea apreciar los conmovedores contrastes de esta historia de amor que mantiene vigente su simbolismo en la actualidad, prepare para cada receta, cada escena, no solo el gusto y el olfato de sus sentidos, sino el de su corazón.

Descubra en ella la leyenda de la caja de fósforos: aunque nuestra vida este humedecida por las tempestades —cual caja de cerillos que al mojarse no sirve—, recuerde que, ante el dolor o la desesperanza, solo usted, con un positivo espíritu de lucha, puede encender su llama y contagiar a otros con su fuerza; y además hoy, cuando el país atraviesa por situaciones difíciles, a los venezolanos nos tocará mantener encendida la siguiente máxima que Esquivel retrata en su obra maestra: “reír también es una manera de llorar”.


Esta entrega especial fue publicada el pasado 23 de mayo en la sección Cultura del Correo del Orinoco.

Alkimia Kinestésica | Café alucinógeno bajo el techo escarapelado


Aquí, con un cafecito negro, recargado, pero todavía guayoyo; calentito, entibiado con el soplo de las entrañas; endulzado con las enseñanzas de la matriarca del ojo de vidrio que pilaba cantando, con el cariño de un matrimonio prematuro roto, con las ocurrencias de mi gente de aquella Cumaná que se niega a sumergirse en las profundidades del golfo negro, temerosa fosa del olvido; café con olor a arena y mar de un amanecer decembrino en San Luis.

El hambre y el frío nos citó en la mesa con orillas desconchadas del piso 8, el último piso. «¿La azotea es un techo u otro piso?», pensé.

Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez.


… me abraza fríamente, me susurra al oído…


Cafecito oscurito cual clarita noche sin estrellas, que se escurrió en el colador de recuerdos. Manga manchada que dejó pasar gratas añoranzas y atrapó, como camisa de fuerzas, dolores y penas.

Cafecito sabrocito que siempre traes contigo hermosos momentos llenos de felicidad proyectados en la mente con la tecnología de una película de los años treinta, recuerdos en blanco y negro como el culo de la taza y el color del caldito, que crispa al paladar.

Cafecito del chorrito colado, riachuelo que alimenta un manantial de pensamientos; agüita termal que abriga el alma, espejito líquido que aguarapa las nostalgias, que estimula los sentidos, los placeres, los caprichos, que quitas a corrientazos el frío.

Cafecito mío; ¡más que mío!, de la sifrina taza vestida de orquídeas; que a sorbos conversa conmigo sobre mis logros. Más que de mis caídas, tropiezos y aprendizajes, hablamos de mis triunfos frente al rostro de la envidia, úlcera carcinógena del yo de la gente que se alimenta de baratos y retorcidos rencores, de personas llenas de llagas en la palabra vacía, como vacío es el reflejo en sus mismos espejos carcomidos de capas rojizas, manchas de óxido, tétano en el tuétano de sus almas.

Cafecito dulcito que destila el bálsamo de mi vieja amiga, > la playa de mis atardeceres; que me cautiva con la fragancia de mi nueva amiga, > montaña fresca de mis amaneceres, que en las mañanas templadas viste su cuello con la elegancia de una fría bufanda blanca.

¿Taza medio llena o medio vacía?

Así, con el vaivén de las evocaciones, sostuvimos una plática plácida y placativa el guarapito oscuro y yo. Entre tanto, de los ojos a la mesa, baja el deseo; del plato a los labios, sube el misterio; del tenedor a los labios, se topan las ganas: torticas de arroz con sazón de la abuela, bañadas por una llovizna de queso; arroz atrapado en una mezcla de harina de trigo y con escarchas de anís dulce comprado en aquella bodeguita de Río Seco, en Sucre, cerca de Yaguaraparo; tortitas como las que me hacía mamá de pequeño, de joven, de adulto.

En el plato las acompaña el néctar de dos cascarones rotos, yemas y claras semirevueltas, blanditas como el corazón enamorado, jugosas como el placer desenfrenado; amarillo y blanco alterados con un toque de sal que endulza esta necesidad de no querer discutir más con el hambre matinal, estomacal, criminal.

¡Solo fue un poco, para ahorrar! La taza quedó medio llena. «Cuando tu tacita esté medio vacía, no te preocupes, llena ese espacio con efusivos recuerdos», pensé. 

¿¡Cómo comenzó esta guarandinga!?

Un bostezo: se levanta medio cuerpo, la otra mitad se queda dormida en el colchón del cuarto forrado en libros…

Un suspiro: desde el fundillo de la taza palaciega, nace, lenta y seductoramente, el humo zigzagueante semitransparente. Asgo con ambas manos el pocillo y dejo que un delgado hilo de corriente me reanime todo el cuerpo, incluso la otra mitad que se quedó dando vueltas sobre el colchón pegado al piso.

Un respiro: hubiese preferido un pocillo de peltre con pecas de óxido, o uno de arcilla, como el barro que sostiene aquella casa de bajareque sobre los cerros de Muelle de Cariaco, o la totumita donde lo bebe mi amiga folclórica Yajaira, la licenciada en Cultura.

Un jadeo: se sale la lengua de la boca, como si se agarrara por las greñas gritando cual loca.
—¡Ax, me quemé! —me sobo la lengua con cielo de la boca, me siento en la decrépita silla…

El ¡tintín! de la cuchara bailadora y unos cuantos soplidos; otro sorbo…
Un quejido del plato tras el leve golpe del tenedor; mastico…
Un torrente caliente se desborda hacia el estómago después; platico…
Recreo en mi mente conversación que únicamente escucho yo:

—¡Hola, Mañana, qué tal te va? ¡Bienvenida seas con tu buena vibra! —Y la mirada se pierde atravesando edificios que parecen moverse, hasta chocar con el verde opaco de la montaña espesa. 
—Aquí vamos, al paso del inexorable y malgastado tiempo, ¡disculpa mi frialdad! —me responde segundos más tarde con un hálito que se descongela desde la cumbre y entra por la ventana de la cocina que está a mis espaldas. Me abraza fríamente, me muerde sutilmente, con la puntita de los dientes, el lóbulo derecho, me susurra al oído, me seduce como una ninfa, como una sirena, como una celestina.
—¿Hablamos? —le digo, y la mirada perdida que se fue hasta las antenas olvidadas sobre el pulmón herido por el cáncer de la quema, hasta el monte sediento de lluvia [anoche garuó]; regresa rápidamente, se vuelve a mí y me mira fijamente. ¡Hielo en los ojos!

Entonces, como si fuera un cuentacuentos risueño, con harapos que improvisan un disfraz, Guayo, mi café, irrumpe a todo pulmón e interrumpe mis cavilaciones con la señora Mañana:
—¡Epa, epa!, ¿y tú no saludas? —le agrega un tonito de colector de busetas en Caracas.
—¡Ya te saludé! Me recibiste con un latigazo en la lengua.
—¡Carajo, quién te manda a hacer que el agua borbotee? —y con el tonito de Óscar Yanes, sigue: ¡ibas a quitarle las plumas a una gallina?
—¡Hace mucho frío, Guayo! —Y al segundo sorbo, ¡puaj!…; ¡aj!, le falta otro poquito de azúcar.
Y para no culparse por su natural amargura, le echa la culpa a su hija:
—¡Mira, Cafeína, qué amarga’o me tienes, mijita!

Y después suelta un grito con aires de Puerto Rico para llamar a su inseparable ayudante; unos dicen que es masculino, otros dicen que es femenino:
—¡¡Azúcar!!, ¡dale dulzor a esa mujer pa’ alejar las tristezas! —exclama Guayo, quien se ríe como Pulgoso, el de Hanna-Barbera. Se enfría un poquito más.

Inmediatamente, dice con una ironía como de quien mueve un llavero en sus manos:
—¡Por eso yo me prefiero dulcito para dar fuerzas, felicidad, fortalezas!
—Tenemos que aprovechar esta magistral mañana, matiz maravilloso de sol, para rememorar unos cuentos espejismos.
—¿A-di-vi-na-qué-te-trai-go! —intenta hacerle cosquillas a mis papilas; tercer sorbo.
—¡Jum! ¿Qué cosa me traes? —le gruño con la mejor intención. 
—¡¡Jo, jo!! Lánzate el cuarto traguito y te muestro. ¡¡Dale pues!! ¡Ja, ja! —bufonea.
— … —Así, llegaron a mí los recuerdos con la velocidad con que se volvió la mirada que se había ido de nuevo a las entrañas de la montaña. Llegaron con ella: el sorbo, la brisa, el canto de la aurora y de las guacamayas y gratos detalles del ayer.

Esa mañana, con las chocarrerías de Guayo, fue muy agradable. Se reconfortó el alma y se acurrrucó tal cual un cachorrito se abriga con el calor de su madre. Conocí de él que la cafeína no es la culpable de su amargura. Él debe agradecerle a ella por su poder estimulante, lo que ha hecho le dé su éxito mundial y ha hecho suspirar de satisfacción a millones y millones con su sabor.

Curiosidades del café

Eh, aquí entre nos, ¡mosca!, dicen que este viejo amargado lo descubrieron cerca del siglo XII, por allá por la tierra etíope del continente olvidado, África. De hecho, existe una leyenda con mucha credibilidad que narra cómo fue que conocieron a este ancestral señor:

La más fuerte y aceptada de las leyendas acerca del descubrimiento del café y la bebida del café es la que hace referencia a un pastor llamado Kaldi. La leyenda dice que Kaldi se dio cuenta del extraño comportamiento de sus cabras, después de que habían comido la fruta y las hojas de cierto arbusto. Las cabras estaban saltando alrededor muy excitadas y llenas de energía. El arbusto del que Kaldi pensó que sus cabras habían comido las bayas tenía como frutas unas muy parecidas a las cerezas. Entonces, Kaldi decidió probar las hojas del arbusto y un rato después se sintió lleno de energía.

Luego, Kaldi llevó algunos frutos y ramas de ese arbusto a un monasterio. Allí, le contó al abad la historia de las cabras y de cómo él se había sentido después de haber comido las hojas. El abad decidió cocinar las ramas y las cerezas; el resultado fue una bebida muy amarga que él tiró de inmediato al fuego. Cuando las cerezas cayeron en las brazas y empezaron a hervir, las arvejas verdes que tenían en su interior produjeron un delicioso aroma que hicieron que el abad pensara en hacer una bebida basada en el café tostado. De esta forma, fue como nació la bebida del café.

Fuente: Mundo del Café

Por cierto, esto lo cuento chismorreando: ¿sabías que el café también tiene sus riñas con el cacao? Unos cacaocultores de Yaguaraparo, en el municipio Cajigal del estado Sucre (noreste de Venezuela), aseguran que el cacao da más energía que el café. ¡Así es la cosa!


  • El café es la segunda bebida más consumida en el mundo después del agua.
  • El cafeto puede producir frutos durante 50 o 60 años.
  • Cada día se consumen más de 2.250 millones de tazas de café en el planeta.
  • Cada cafeto puede producir entre 400 y 500 kilogramos del fruto por año.
  • Fuente: Agrotendencia TV
Migro Agropedia sobre el café | Locución: Leonardo Bruzual Vásquez

Tertulia

El techo escarapelado. La ropa mal lavada de la mujercita espagueti, mal puesta en la cuerda. La arrugada sábana guindada sin ritmo. El portazo… La gata dormida. El maullido despierto. El filamento felino flotando. El canto desafinado de los guacamayos viajeros. El roído del puercoespín hambriento enjaulado. Las cajas de libros encarcelados. El sillón arropado por una sábana llena de pelos, ¡pelos de la bendita gata!

La plancha fría como la niebla y como la lluvia de anoche. La viejísima capa de polvo de la mesita con el retrato que mantiene viva a la doña muerta. El sofá polvoriento y con pelusas, pelusas de la bendita gata rendida, rendida con la misma placidez de la italiana atrapada en el óleo del cuadro: la Venus acostada, inclinada, reclinada, la Venus de Urbino, la del perrito, la Venere giacente de Tiziano, ¡la guarandinga esa! [tomo aire y sigo].

Los cambures marchitos sobre la mesa. Los zapatos tirados bajo la mesa. Los cuadernos rojo y azul cansados sobre la mesa. Los calzoncillos rojos calentados por las piernas bajo la mesa. El abrigo azul cerrado hasta el cuello. El cuello del bombillo quemado que cuelga. El monte quemado de El Ávila. Todos ellos me rodearon en aquella sala [¡y también esa fulana desnuda que se toca la cuca lisa y blanca como la taza, y caliente como el café! ¡Fogoza!]. 

Todos ellos, los tertulianos silentes, sentados sobre la alfombra de madera, sobre las pelusas voladoras, en la quietud de la calma [calma que de repente olió a la leña del fogón de la abuela]; escucharon aquella anécdota antiquísima africana sobre el café, con el mentón en los nudillos de sus dedos; otros, posaron su barbilla en la cuenca de sus manos mientras golpeaban suavemente su rostro con sus dedos.

Los cachivaches en un apartamento del piso 8 también formaron parte de aquella suerte de conversación alucinógena que sostuve con el café que entibia el alma. Aquella plátisiquieraca acalorada bajo el techo escarapelado, una discusión con aires de realismo mágico, intentaba sacar de mi cabeza el zumbido ensordecedor de las cantinas borrachas y del atroz compresor de un sistema de aire acondicionado industrial que nunca apagan. ¡Qué vaina con ese ruido!, ¡apaguen esa vaina! ¡Qué fría has estado, Caracas!

El humo de los gratos recuerdos y el humor de los gratos cuentos pincelaron, cual pintor italiano de 1400, una sonrisa en mí…


Apostillado

No hubo borra en el fondo. No hubo, siquiera, café cortado por falta de la leche borrada por la crisis, cortada por la escasez, ahogada por la especulación. Como el rocío de la neblina, como el chorrito del colador, faltaron calabobitos de canela, mas no me faltó tu cálida compañía mañanera en un país con la cojera de la anciana y sus miserables, la ceguera del pedestal decapitado de Bolívar, un país con sordera como la fuente dormida. Ay, estimado café negro, café solo, café puro, café turco, café de puchero, estás tan caro hoy día que ahora te la das de café con leche.

¡Qué mala leche le cayó al país! ¡Qué mal café para Venezuela!…


Foto: ‘Kaffee’ (café), una ilustración realizada con tinta de pluma mediante la técnica ‘WordArt’, centrada en todas las palabras asociadas con una taza de café. Año desconocido | Diseño: Claudia Tremblay | Cortesía: Free Gazo 


Edición V. Noviembre, 2018.

Capítulo II <