Preguntas periodísticas: ¿Cómo hacer la penúltima pregunta?

Por Leonardo Bruzual Vásquez
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En esta bitácora periodística mostraré la importancia de hacer buenas preguntas periodísticas. Además, contaré cómo nació «la penúltima pregunta», una idea que nació cuando me tocó producir y conducir un programa de radio gubernamental en Cumaná (NE) Venezuela


La penúltima pregunta [que puede ser considerada como ‘última pregunta’] es una interrogante que nadie —ni el operador de cabina, ni la señora que plancha en casa— se la espera.

Es tan pertinaz, mordaz y audaz que acelera el ritmo cardíaco y pone a balbucear a cualquiera que la recibe.

Esta es una de esas preguntas periodísticas capaz de desarmar la mentira, esa que se deja ver en las expresiones faciales. Puede llegar a generar un silencio delatador.

¿Cuándo hacer esta pregunta?

Esta pregunta periodística se puede hacer antes de finalizar un programa de radio/tv. También cuando un pase en vivo está en desarrollo y dicha pregunta es capaz de generar incluso otra noticia, de cambiar radicalmente el titular de la noticia si el portavoz o entrevistado lanza una respuesta comprometedora, insólita o desafiante.

La penúltima pregunta es, sin duda, una pregunta poderosa que no pretende complacer al entrevistado. Puede ser tildada de frontal, sin filtro, incómoda o difícil; sin embargo, es una muy buena pregunta, una pregunta que tiene pulpa, sustancia.

Origen de «La penúltima pregunta»

Esta idea nació cuando produje y conduje por más de un año el programa de radio Punto de cuenta del gobernador de Sucre, Luis Acuña Cedeño (2012-2016) transmitido en Radio 2000, una emisora AM de Cumaná, considerada la de mayor penetración y alcance en todo el estado. La ideé como una estrategia comunicacional de impacto.

Se trató de una interrogante que le hacía al gobernador justo antes de finalizar el programa en vivo. La inquietud era tan incisiva y mordaz que seguramente eso llevó a mi salida del espacio radiofónico. Yo me sentí tranquilo, no me hirió el ego ni despertó la rabia; sabía el porqué.

De esta manera, considero que tumbé un rumor: «Dicen que ustedes les preparan las preguntas al profesor». Llegué a responder entre risas: «La verdad no. Además, a mí me dijeron: “Produce y conduce el programa, Leonardo”. No me dijeron: “Complace al profesor y haz que se vea todo bonito”»; [aun cuando yo funguiera como periodista institucional].

Argelis González era mi jefa. Es de los mejores directivos que un periodista de los pueblos olvidados puede tener, una comunicadora social con olfato y muy profesional, una maracayera empecinada a mejorar las comunicaciones corporativas en la entidad, una mujer extravagante y genuina, que cuidaba la estética y la imagen corporativa, a la que no le gustan las mamarrachadas, pero sencilla y humana a la vez.

La menciono porque es probable que ella haya hecho lo posible por hacerles ver que era importante tener esa contraparte ahí. No es que me defendiera, sino que Argelis desde el principio respetó mi criterio profesional. Tanto así que me asignó esa responsabilidad y la de corregir todo el periódico gubernamental El Buzón del Pueblo.

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Preguntas periodísticas osadas: ¿Dictadura suave?

Una vez, cuando se empezó a enquistar en la opinión pública chavista el fulano «golpe suave» contra Maduro, le llegué a preguntar al aire al gobernador: «Profesor, de un lado se dice que ‘un golpe suave’ se ha gestado, ¿del otro lado vale que califiquen al proceso revolucionario como una ‘dictadura suave’?».

A él no le gustó para nada mi planteamiento. No obstante, él supo darle la vuelta al asunto y me gustó verle (desde mi palco) cómo tejía cada palabra procurando dar una respuesta coherente. Hoy no recuerdo exactamente lo que me respondió Luis Acuña, pero de verdad que no le gustó mi osadía.

De hecho, más serio que molesto [porque era un hombre que sabía dominar su carácter] al finalizar el programa me preguntó: «¿Por qué tú me hiciste esa pregunta?» [como intentando decirme qué buscaba yo con eso]. Sin duda, no era una pregunta indispensable para cerrar, pero como él venía hablando del fulano golpe suave y todo el oficialismo andaba con el mismo discurso, se me ocurrió saber qué pensaba un político rojo sobre la idea.

¿Pero por qué no preguntarle algo como eso si a cada rato el chavismo tilda de cualquier cosa que se les ocurre aquello que no les parece? Esto no es dictadura según sostienen ellos, porque hay votaciones, etc., etc. ¿Y qué de los perseguidos y presos políticos, de los cierres de emisoras y canales de TV, de las demás marrullerías que ha hecho este gobierno? [O. K., no estamos en dictadura, pero ¿podríamos hablar de una dictadura suave?].

Quizás para un filósofo o catedrático de amplísima trayectoria esta puede ser una pregunta tonta, porque «dictadura es dictadura», no hay ‘medias dictaduras’ o ‘dictaduras blandas’. Al final esa pregunta fue un juego de palabras, una suerte de retruécano. Yo como periodista preferiré hacer incluso una «pregunta tonta» de esas que procuran revisar qué guarda el subconsciente.

El estado Sucre es un F-16

Otro miércoles, en una de las entregas del programa, el profesor Acuña argumentaba que a los políticos muchas veces les asignan retos difíciles; «es como si te dijeran ‘te toca volar este F-16’» [he parafraseado la cita]. Yo —un tanto inquietado por su comentario que parecía dar a entender que Sucre es un estado bastante complejo para gobernar por la cantidad problemas que tiene— se me ocurrió hacerle otra de mis preguntas periodísticas ¿ocurrente?:

«Gobernador, ¿el estado Sucre es un F-16?».

Sí recuerdo que él sonrío un poco y —con una palabra chévere por aquí y otra mejor acomodada por allá— respondió simpáticamente que él estaba dispuesto a volar ese F-16. ¡Acuña se las traía! (risas).

En esa oportunidad no se molestó, aunque esta interrogante la hice primero que aquella del golpe suave. La intención de hacerle esta pregunta periodística era para que le dijera a los sucrenses si él estaba realmente en la capacidad o no de gobernar a un estado paradisíaco con problemáticas viejísimas de servicios, urbanidad, economía, vialidad, turismo, seguridad…

A mis oídos llegaban rumores como que él cayó ahí [como gobernador] sin quererlo.  También decían: «Ese señor no hace nada»; mas la verdad creo que, sin duda, el estado Sucre es un territorio bastante difícil. Ahora existen mafias que se han incrustado en los pueblos de la península de Paria y otros sectores costeros remotos. El contrabando de gasolina y la droga forman parte del menú de irregularidades por ser un estado fronterizo con vista al mar; aunque muchos olviden ese detalle. Entonces, por qué no preguntarle, de manera picaresca y metafórica, si consideraba que gobernar la entidad era tan difícil como volar un F-16.

«Escuchar activamente, con estricta atención, es una de las claves para hacer preguntas periodísticas inteligentes o interesantes».

Leonardo Bruzual Vásquez

Una respuesta desesperanzadora

«Profe, ¿qué es lo más difícil de ser gobernador?». Aquella pregunta se la hice Luis Acuña sin la presión de estar al aire, sentado junto a él en un asiento del aeropuerto de Cumaná mientras esperábamos a un ministro.

Su respuesta fue pausada, sentida y a su vez algo desesperanzado, me pareció. No la recuerdo con exactitud, pero lo que sí me quedó claro fue que en Venezuela son muchas las necesidades que tiene el pueblo y muy poco lo que un gobernador puede llegar a hacer. ¿Será un asunto de voluntad política o de centralismo asfixiante?

No creo que «el Profe» no tuviera ganas de ayudar. Nunca antes supe de un gobernador que se sentara a las afueras de su despacho en un banquito para escuchar, cual psicólogo, todas sus penurias, carencias y necesidades de mucha gente (incluyendo ancianos). Acuña lo hizo y metía todas los papelito y cartas en un mapire.

Respeto mutuo

Cabe hacer notar que ninguna de las tantas preguntas que pude haberle hecho a Luis Acuña Cedeño en Punto de cuenta fue para irrespetarle, ofenderle o agredirle o como si yo fuese el dueño y amo de la verdad. Eran simplemente preguntas periodísticas.

Lo que sí es verdad es que yo asumí mi rol de periodista. Quería que él supiera que yo no estaba ahí solo para dar una bienvenida, leer uno que otro mensaje que le enviaban de los pueblos pobres de mi tierra y callarme el resto del programa; sino para hacerle preguntas claves y pertinentes y guiarle para que ofreciera la información de lo que venía haciendo su equipo. Dejarlo hablar solo, creo, sí hubiera sido una señal de irrespeto; no solo al periodismo, sino a él, porque pudiera pensarse que no le presté atención a sus intervenciones.

Hoy el profesor y yo ocasionalmente nos escribimos por WhatsApp. Eso da cuenta del respeto mutuo que nos tenemos, primero como personas y después como funcionarios públicos que fuimos. Una vez más que otra le pregunto por su salud y su familia. Si me topo con una fotografía de mis andanzas como periodista en la Gobernación de Sucre o como coordinador de Relaciones Interinstitucionales (prensa) de la Fundación del Niño, acompañando a su esposa Miriam y a su hija Carolina; se la envío.

En una oportunidad me dijo algo como: «Nosotros estamos claros, hijo [sobre mi posición política], pero yo respeto mucho tu trabajo». [Ah, y que quede claro para el lector: no tengo una postura partidista ni creo que la tenga mañana; mi postura es y será siempre profesional, la de servir a la sociedad como comunicador y periodista].

¿Por qué no decirle «una última pregunta, por favor» en vez de «la penúltima pregunta»? Considero que la ‘última pregunta’ será la que hiciste justo antes de morir. Siempre que estés vivo(a), tendrás la oportunidad de formular tu penúltima pregunta.


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