El sonido de la máquina de escribir seguirá vivo en la memoria de nuestras huellas dactilares… ¡Así lo creo! Han sido los labios de nuestros dedos los que han tenido el privilegio de mecanografiar, de besarse una y otra vez, con las teclas de la siempre clásica y aristocrática máquina de escribir.

Decidí dedicarle un poema a la máquina de escribir, esa entrañable amiga que hoy seguramente recordamos muchos de quienes escribimos o nos apasiona estar dale que dale al teclado, desparramando, muchas veces, ideas abstractas.

Sinapsis poética

Lo titulé El sonido de las teclas recordando ese particular ¡tun, tun!, en las teclas; y el ¡tra-tra-tra! de las varillas metálicas golpeando el papel en el rodillo o cilindro.

Tecleando mi ordenador portátil (laptop), de pronto me entró un sinsabor en los dedos, me los froté con el pulgar. Empecé a extrañar de pronto aquel montón de sonidos que se producían con el teclado de la máquina de escribir.

Magia, aunque suene trillado, magia. Eso sentí cuando, de niño, por primera vez toqué una máquina de escribir. En el apartamento, rodeada de una biblioteca, algunos cuadros y una neverita ejecutiva, frente al balcón, sobre una mesita metálica exclusiva para máquinas de escribir, estaba una regordeta amiga de armazón noble. Piso 2, apartamento 12, urbanización San José, Cumaná.

Era más amiga de mi padrastro, don Ernesto López. Se conocieron primero, claro está. Ahí él hacía algunos documentos y oficios de su empresa. Pero tanta era la magia que me producía la robusta y pesada amiga, que cuando comencé a tocarla, sentirla y darle a las teclas, me fui enamorando sin parar. ¡Je! (sonrío).

Era más amiga de papá, sí; pero ella, lo sé, me esperaba más a mí —por las tardes, luego del colegio— para jugar al pequeño escritor que redactaba cartas e historia para los periódicos. ¡Qué iba a pensar yo que luego sería periodista!…

No sé tú, pero yo era de los que le daba lentamente a la tecla para entender de dónde salían las letras (de la izquierda o de la derecha).

No sé cuántos papeles arrugué de tantos errores que cometía. Lo que sí sé es que fui afortunado en conocerla y lo orgulloso que me sentía al llevar los trabajos aa la escuela (luego al liceo), escritos en máquina de escribir; mientras los demás lo hacían en computadoras. ¡Todo un lujo en los 90!

“¿Pero por qué no lo haces a computadora, así evitas llevar tus hojas con tachones de típex?”, me llegó a proponer una vez un vecino, “el señor Alió”, un científico que vivía debajo. Fue él quien me enseñó por primera vez una laptop. Genial por demás aquella cosa luminosa con luces verdes incluso; pero no fue, sino muchos años después, cuando tuve una gracias al esfuerzo de mi madre, Marisol Vásquez.

Luego todo empezó a ser una cita tras otra con la computara. Día y noche. Hoy, con cierto pesar, me doy cuenta lo mucho que siempre me esperó, ahí, frente al balcón, cubierta con un forrito de tela cosido por Marisol, como novia con velo esperando una caricia del novio que se fugo del pueblo y nunca regresó, pero él siempre la recordó.

Aquella máquina de escribir sigue viva en casa, ahora en una casa. Y con ella, enseño cómo funciona a las nuevas generaciones que no pudieron acariciarla como la acaricié yo…

Poema a la máquina de escribir

maquina de escribir-sonido del teclado-teclas de colores

Una máquina de escribir reciclada a la que le han dado vida coloreando sus teclas | Autor desconocido | Imagen cortesía de Forocreativo

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A continuación, el poema a la máquina de escribir. Así que al son del ¡luces, cámara y acción!, vamos con ¡dedos, tinta y papel!:

☉ ¡¡Raca-raca!!: la palanca

He empezado a extrañarte, vieja amiga, con tu no sé qué que te hace encantadora. Confieso me gusta más el sonido que producen tus teclas, máquina de escribir. Me gusta más que el de la plástica y superpoderosa, a veces intransigente computadora.

En el digitar del teclado, gimen mis palabras que tú bien sabes tatuar con los latigazos de tus tentáculos de hierro sobre el papel blanco hueso, marcado por la cinta entintada. Aparecían, como gotas de sangre negras, frases, versos, prosas, textos.

Raca y raca, dale y dale a la palanca, y ese traqueteo deslizaba la hoja renglón a renglón. Eras armonía hecha poesía en las manos de las mujeres que incursionaron masivamente en el mercado laboral, en la mecanografía. Eras sonido poético y esquizofrénico en las salas de redacción de periódicos poco éticos del siglo XIX nada cibernético.



☉  ¡Tucún!: mayúscula sostenida

Tucún que suena como los latidos hondos del corazón, como un vacío profundo en el corazón. Allá en lo hondo, se acelera y duele el corazón, mujer. ¡Ya no es igual, mi querida máquina de escribir! ¡Ya no me parece tan divertido como antes cuando hablábamos de amor! Ya la gente no enamora con fervor, sino con favor.

No es lo mismo conversar con este señor asexuado llamado computador. Casi siempre la ven como señora y le dicen computadora. Otros, los que se rasgan el alma por el español, le llaman ordenador; ¡pero, mujer!, es que ni el cuarto o los libros de hojas de papel me ordena ese aparato plagiador.

Un gentío, sin respeto al autor, copia y pega, paga y transa, transa y vende, vende y roba, roba y gasta, gasta y viaja.

A veces este señor se viste de PC o se disfraza de laptop, último este al que los ortodoxos españoles tildan de portátil en este siglo XXI. Otras veces es una tablet o señorita tableta, es un señorito smartphone o teléfono inteligente o móvil al que todas y todos quieren tener como galán entre sus manos.

¡Ah, no, claro que no es lo mismo! Ninguno de ellos se ríen como tú conmigo con el ¡clin! de tu campana al final de cada línea. Ese timbre marginal tuyo sí que era agudo; pero siempre divertido.

☉  ¡taca, taca!: barra espaciadora

Debo confesarte que se ha vuelto indispensable, en estos días, andar asido del teclado de la computadora hipnotizadora. Él es gente buena; pero es plástico. ¡No lo digo yo, él vino así de fábrica! Y a veces algo sifrino: suena delicadito y hay que darle suavecito.

Siempre anda ¡tíquiti-tíquiti-tíquiti!: habla rapudísimo. Los dedos se tropiezan y otra tecla aprietan: ¡terribilísimo! No conoce la calma y siempre está obligado a tener un encuentro presuroso conmigo, con todos.

Todos quieren dar la primicia, el tubazo, y no escriben con cuidado, pero sí con malicia: vomitan todo sin, muchas veces, pensar. Errores horribles ves pasar, vienen y van, en la pantalla que encandila, que achichara la retina, del pecé o el celular.

Ah, y por más que le des a la barra espaciadora, solo no funciona. Siempre necesita de la computadora, que, si no está encencida, a mis líneas no les doy vida. Tú no, máquina de escribir mía, vieja amiga inolvidable.

El sonido de tus teclas producen bonita magia, magia solo mía y tuya, ¡que ni el tiempo la diluya!; o tuya y mía, letra viva y poesía; magia a oscuras con una vela encendida o a plena luz del día, sin necesidad de energía.

Él tiene sus bondades, no se le puede negar. El teclado de la laptop es tan… perfecto, aparentemente, que todo se puede borrar sin míster típex, el corrector líquido de brocha.

Además, tiene 12 niveles de felicidad que al pulsar f1 o f12, en la pantalla de “la compu” se generan determinadas funciones.

¡ss, ss!: el corrector y la goma

Por cierto, ¿qué es de la vida de ese señor? ¿Recuerdas cuando me manchaba los dedos y luego yo a ti las mejillas a tus teclas? A veces resultaba divertido equivocarme y quedar tú y yo pintados de él.

¿Y recuerdas cuando me destacaba como el mejor pintor tapa errores con el corrector de brocha? Ah, y ¿te enteraste que ese señor tiene un hijo que es un esbelto lápiz mágico, que actúa [te lo digo bajito] como si fuera de una prole alta categoría?

Ese teclado tiene dos teclas que son como la barita mágica frente al error, una suerte de comodín, con el que no tengo que pintar mojando de blanco el brochín. Cuando las presionas en la esquina superior derecha, puede eliminar versos y líneas rapidín, o todo un texto de un tilín. Tú eliges si presionas a la que llaman dilít o a su hermano gemelo, señorito suprimir.

¡Ric-ric!: el rodillo

¡Ric-ric-ric-riiic!, sonido que sonaba a gloria. ¡Había terminado un pagina! Sacas la hoja cuando llegas al margen final, o de un solo tirón: ¡¡riiiic!!, o con varios ¡ric-ric! del rodillo.

Se culminaba una página y aquí viene la otra hoja, que apretaba firmemente la varilla sujetadora.

¡No, del otro lado no! Las historias siempre se escribían de un lado del papel, porque del otro lado podías ver la tinta de una tecla cruel.

Y de pronto reflexiono: le damos el pecho y la cara a todo lo que nos dicen y señalan; pero hay palabras que duelen, que marcan, que destruyen y degradan, y que llevamos espalda o en el alma tatuadas, como las cicatrices de una tecla cruel.

Finalmente he de confesarte que, aunque me sienta bien con la computadora que hoy me permite escribirte, jamás, ¡pero jamás!, por más que pasen los años, se podrán borrar los recuerdos del sonido de las teclas y del sonriente ¡clin! tuyo,

El poeta, periodista, político e inventor estadounidense Christopher L. Sholes tuvo la genial idea de darle vida a la Remigton y de crear el teclado Qwerty que hoy en día conocemos…

Gracias por haberme enseñado a cuidar lo que debo escribir o decir, a medir mis palabras, a tener más tacto, a equivocarnos, cuando ya conocemos la mecánica, lo menos posible.

Hoy entiendo me preparabas para el futuro. Le diste habilidad a mis dedos, mi siempre recordada Olympia, amiga mía con alma de hierro.


Siempre suyo, su dactilógrafo
Leonardo Bruzual Vásquez

2.da edición | 23 abril, 2020