Poema «El sonido de las teclas»

El sonido de la máquina de escribir seguirá vivo en la memoria de nuestras huellas dactilares…¡Así lo creo! Son nuestras huellas dactilares las que tuvieron el privilegio de mecanografiar, de teclear una y otra vez, la tan clásica y aristocrática máquina de escribir.

♣ ¡¡Raca-raca!! la palanca

Me gusta más el sonido que producen las teclas de la máquina de escribir.  ¡Me gusta más que el de las teclas de una computadora plástica y refinada!

En el digitar del teclado gimen las palabras por los latigazos de tentáculos de hierro que presionan la cinta entintada y tatúan el blanco leche que se convierte texto, frases, versos.

Raca y raca, dale y dale a la palanca, y ese traqueteo deslizaba la hoja renglón a renglón. Era poesía armoniosa para las mujeres que incursionaron masivamente en el mercado laboral con tu aparición, era poesía sonora en las salas de redacción de periódicos del siglo XIX.



♣  ¡Tucún!: mayúscula sostenida

Tucún que suena como los latidos hondos del corazón, como un vacío profundo en el corazón. ¡Ya no es igual, querida máquina de escribir! ¡Ya no me parece tan divertido como antes!

No es lo mismo con este señor o señora asexuado llamado computador, computadora, con apodos como ordenador (pero no me ordena el cuarto o los libros de hojas de papel). Se disfraza de PC, de laptop y ahora, en el siglo XXI, de tablet o de móvil.

¡Ah, no, claro que no es lo mismo!, como tampoco es lo mismo  escuchar el ¡clin! de tu campana al final de cada línea.

♣  ¡taca, taca!: barra espaciadora

Aburrido y elitario el teclado de la computadora; sifrino, sin alma, sin ¡clin!, siempre conectado a un cordón umbilical para poder funcionar. Tú no, máquina de escribir mía, vieja amiga inolvidable, el sonido de tus teclas son la energía tuya y mía.


El poeta, periodista, político e inventor estadounidense Christopher L. Sholes tuvo la genial idea de darle vida a la Remigton y de crear el teclado Qwerty que hoy en día conocemos…

Tiene sus bondades, no te lo puedo negar. El teclado de la señora computadora es tan… perfecto, aparentemente, que todo se puede borrar sin el corrector líquido blanco que usaba cuando un dedo caída en la tecla que no era.

Me parecía divertido equivocarme aveces, porque podía destacarme como el mejor pintor tapa errores con el típex  de brocha, señorito que después evolucionó a un esbelto, musculoso y engreído lápiz mágico de alta categoría.

Ese teclado tiene una tecla comodín que no te permite pintar. Cuando la presionas en la esquina superior derecha, puede eliminar versos y líneas muy rápido. Además, tiene 12 niveles de felicidad que al pulsar f1 o f12, en la pantalla de «la compu» se generan determinadas funciones.


¡Ric-ric! el rodillo

Y ahí está hoja en blanco ahorcada por el cilindro, hoja blanca que agarra aire mientras se hinca ante la tinta de la cinta que le pinta letras firmes, párrafos negritos cual desfile militar, un ejercito gramatical.

Ric-ric-ric-riiic y sacas la hoja cuando llegas al margen del final pero nunca nos atrevimos a voltear la página en blanco a las espaldas del texto. Y creo que así es la vida: culmina en un plano con la posibilidad de irnos a otro plano a escribir una nueva historia. ¿Hay otra vida con oxígeno y espacio en blanco para escribir un nuevo destino?

Debo confesarte que me siento muy bien con la computadora, me permite escribirte hoy, la quiero con locura, pero jamás, ¡jamás!, por más que pasen los años, podrá borrar el recuerdo del sonido de las teclas y del sonriente ¡clin! tuyo, mi siempre recordada Olympia, amiga mía con alma de hierro.


Una máquina de escribir reciclada a la que le han dado vida coloreando sus teclas | Autor desconocido | Foto: cortesía de Forocreativo

Siempre suyo, su dactilógrafo
Leonardo Bruzual Vásquez

1.ra edición

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