Los Ratones en la Cocina, ojerosos, desvelados —doce y cincuenta y cinco de la medianoche— contemplan la lluvia noctámbula desde la tronera. Se frotan las patas para darse calor, jadean las palmas de sus patas delanteras, miran el profundo cielo oscuro que relampaguea y gruñe, contemplan las gotas, las gotitas, la garúa.

Los bigotudos no conversan entre sí; pero sí, cada uno, sostiene en su mente una plática con la fría regadera. «Los truenos gruñen como si el horno inmenso de un restaurante abriera la boca y flameara», musita un ratón. Se le oye a medio tono, muy bajo, bajito, moviendo la boca mientras lo piensa; pero sin pretender comunicárselo al otro.

Los grotescos eructos de las gigantescas nubes grises se oyen a lo lejos, se oyen cerca, se oyen más lejos; por allá por donde la luna con olor a té de citronela ni se ve, donde se esconde asustada y temblorosa de frío; por allá bien lejos, demasiado lejos, donde revientan los truenos.

Apenas se movía la cortina de petate recogida con un amarradijo. Más bien parecía estática, como estática y tiesa dormía la abuela Cleotilde en una camacuna con hierros del siglo dieciocho; la heredó de su abuelastro.          


¿Cuáles son las canciones favoritas de los Ratones en la Cocina?


—¡Oye!, ¿te había dicho que… la lluvia… es mi clima favorito? —comentó uno mientras olfatea, cual pétalos de rosa, el aroma que destila la tierra mojada, el petricor.

El otro no respondió inmediatamente. El silencio no se escuchaba porque los truenos de las nubes enojadas estremecían todo. Gordas e hinchadas de agua, las nubes se gritaban, hablaban y volvían a gritar.

Los ronquidos catarrales de la abuela Cleotilde, embojotada en una sabanita traslúcida con remiendos, entraron en la fría discusión que tenían los cumulonimbos colmados de llanto. Cuando los hornos escupe fuegos en el cielo azabache se calmaron un poco, el otro ratón repuso:

—¿Te había comentado que mi clima favorito… en cambio… es la garúa?

Una garúa bajo una tronera

Luego, el cielo, queriendo sacar todo el dolor que llevaba muy adentro en el pecho, convirtió la garúa en una «tronera» —como le suelen decir las viejas de los pueblos criollos a ‘una retreta de truenos’—, una tronera que mojaba todo como una enorme regadera, lluvia inclemente que los ratones veían desde la ventanita de la ratonera, lluvia que se colaba por el techo de la ratonera, techo que lloraba con el ardor de gotas de limón en la herida, techo filtraba el dolor en el pecho del cielo lunado.

Entonces, contraponiendo el musitar que anteriormente había hecho de su compañero, agregó:
—¡Ah, por cierto!, yo creo que… esos dragones (tus hornos flamantes que están discutiendo allá arriba) les responden a los dragones que engendraron el terremoto que hizo tronar la tierra día y medio atrás.

Después, el llanto cesó, pero el cielo azabache, negrito como el café alucinógeno, siguió sollozando. Continuó garuando, la garúa era pertinaz, amaneció garuando.

Cuando Cleotilde se despertó, se destiesó, exclamó:
—¡Bah, todavía sigue el mea mea![1]


Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez

3ra. edición: 25 de abril, 2019. 4ta. edición: 13 de agosto, 2020.
Publicación: madrugada de un 23 de agosto, 2018.
Ilustración: Carlos Ortiz Bruzual
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Sobre el tejado

[1] «Mea mea» es una expresión usada en varios pueblos venezolanos para referirse a las lluvias que escampan y vuelven a caer.

Continuará…