¿Cuánto? ¿Cuánto camino nos falta por recorrer para que el pueblo todo (y también el más necesitado) se dé cuenta que un pedazo de jamón barato o mortadela hoy es un espejismo, es hambre para mañana? (Y más en una campaña electoral).

Usar la política para este tipo de actos es verdaderamente indignante, una bajeza o como dirían en total criollo venezolano: ¡una cagada! Es incluso perverso. ¡Vergüenza le debería dar a quien lo haga! ¡Vergüenza debería darle al fanfarrón vestido de rojo Alberto Gago! Bien dice el refranero popular: «Dádiva de un ruin a su dueño se parece».

Sí, la política debe emplearse para hacer llegar el sustento a cada hogar de un país, a todos: a los más y a los menos favorecidos. La política debe ser un instrumento que conduzca al porvenir de los pueblos (más que conducir «a la mayor suma de felicidad posible»). ¿Ejercer la política de esa manera para «ayudar» al más necesitado es hacer política? ¡Qué miserable!

Espero que algún día Venezuela entienda que: así sea vendiendo mangos debo ganarme lo que me llevo a la boca y no esperar que me lo regalen o que el Estado, ni mucho menos el Gobierno, se apiade de mí.

¿Cómo se ayuda más?

Abro paréntesis. Si me preguntasen, yo prefiero ayudar al chamo que me pide algo de comida, pero que él, a cambio de eso, está dispuesto a limpiar mi jardín o lavar el carro. Él está viendo eso como un trabajo y que su pago es comida o un paquete de arroz; es el valor que le da a su esfuerzo.

Frente a ayudar al joven o al adulto que solo toca la puerta porque siente que hay que ayudarle y compadecerse, preferiré «recompensar» a quien considera que su esfuerzo tiene un valor: llámese comida o dinero. ¡Es trabajo honrado al fin y al cabo!

Cabría preguntarse ¿cómo se ayuda más: incentivando al trabajo o dando dinero al que tiene manos y pies y solo se queja o se queda en casa esperando a ver cómo caen los mangos?

Compasión

Sin duda, hay casos críticos donde debería florecer nuestra bondad y compasión. Dar de manera desinteresada, simplemente dar porque te nace del alma, es sin duda ser compasivo, sensible ante lo que le sucede al otro. Esa es una característica del gran ser humano que eres; y sobre todo si tienes que quitarte un bocado para dárselo a otro que está más sediento o famélico que tú. Cierro paréntesis.

Sin embargo, tener que mover los tentáculos de la política perversa para dar un pedazo de jamón barato en nombre de un supremo fallecido o de un cuerpo de mortadela que se atornilla en el poder (y ufanarte de eso como una gran proeza) debe ser objeto de un repudio contundente por toda una nación incorruptible.

«¡Señora, no se preste pa’ vagabundería!», diría mi abuela. Y estoy seguro que si hablara el mono que lleva en el hombro la residente de El Viñedo, este, con su voz chirriante y altanera, le hubiese dicho indignado:

«¡Ay que ver que tú sí eres bien car’e tabla! Con tanto peo que padece este sector ¿tú me vas a traer esta brillante solución? ¡Nojoda, chico! ¡No, no quiero tu jamón barato! ¡No vengas tú con tu cuerpo ‘e mortadela!».

«¡Qué vaina, mi querido país!… Ándate ligero, Sancho Panza, que la cosa no está dulcinea». ¡Arre!

Leonardo Bruzual Vásquez.