Crónicas Cruzadas en el Metro de Caracas | La corrupción hizo metástasis en Venezuela

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En el sobre color mostaza se lee: “calle Andorra”. Lo sostiene un hombre de estatura baja, quizás un metro sesenta. Piel encarrujada, escasos vellos en los brazos. Un poco más de sesenta años. Desgastada, su camisa azul oscura atravesada por líneas rojas. Desgastada y sucia, su boina de tela con líneas cruzadas blancas y grises. Desgastados “jeans”, azul desgastado, pálido azul. Desgastados y rotos zapatos deportivos, negros, con remiendos. ✍️ Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez |||

Una mujer sin cabello, bolso muy grande colgado del hombro derecho. Lentes negros muy oscuros, como de soldador. Blusa de flores. Pantalón holgado. Miraba arriba, a los lados, abajo, a los lados otra vez. Sonrisa desgastada.

A un paso del hombre sostenido del tubo superior del vagón, distante de la mujer con algunas manchas en el cuero cabelludo, pensaba Noel Odra: «El cáncer y la corrupción son la misma enfermedad: uno, carcome a la persona; otro, hace metástasis en toda una nación. Y el cordón que los une puede ser tan corto como las tres personas que separan a un hombre y una mujer que no se conocen».

La vida le dibujó aquella escena a Odra entre las estaciones Chacao y Chacaíto del convulsionado y agonizante Metro de Caracas.
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📌 Apostillado:

Un olor rancio a pasillos de hospital sucios, de ropa vieja y mal lavada, viajaba en forma de vaho dentro del vagón chirriante. Se inyectaba en la nariz y le hacía arrugar el rostro a Noel Odra aquel 13 de abril 2018.

La piel encarrujada del hombre y las ganas de vivir de la mujer que luchaba con esta enfermedad trajo a la de Noel Odra aquella anciana de cabello color cemento que también luchaba por llevar un bocado de comida a casa en la avenida San Juan Bosco de Altamira, en Caracas. ¿Se le habrá apagado por fin la voz tenue a la pobre viejucha?, pensó Noel.

#CronicasCruzadasLBV 🔀

Crónicas Cruzadas 4 | El penúltimo robo (I)

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||Escrito en primer persona. Esta vez Noel Odra no se enteró de lo que pasó…


¡Aquel jueves por la tarde, llovía! Hacía ejercicios para distraer el alma y fortalecer el delgado cuerpo, delgado por el hambre. La melancolía del cielo traía consigo —más adelante lo supe— una pérdida sin precedentes para mí. De repente, se desdibujó mi sonrisa. El pertinaz rocío pasó a ser una tormenta de preocupaciones en mi mente: se llevaron las llaves del apartamento que no es mío, las gafas, mis documentos personales, y muchas de mis pertenencias.


—¿Cómo estás? —Estoy, porque hoy otros no están, ni estarán.
Esta crónica se escribe con felicidad, a pesar del…

|||Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez


«La gente te mira. Vas por la calle, y te mira. Caminas por la hedionda estación del metro, metro cansado de llevar y traer a tantos que perdieron el sentido común y los valores de convivencia; y te siguen mirando. Entras al vagón, y te miran. Subes las escaleras mecánicas detenidas —así como descompuesta y dañada está la sociedad con ronchas carcinógenas de estrés e ira—, «te tiran el ojo”, te miran. Te ríes en la mesa sin el café, y te miran. Acompañas a un amigo a fumar, nos ve el pregonero evangélico, nos bendice y nos exclama «¡Cristo te ama!», nos miran. Vas de regreso a una alcoba prestada con cilindro nuevo [por un «por si acaso», vamos a cambiar la cerradura; no vaya a ser que, por mal café, encuentren el apartamento y se metan] y te siguen mirando. Llevas lentes de sol en la tenuidad del día, entristecido día; corres para tomar el bus, «¡¡permiso, permiso!!», y la gente… te mira.

Mientras caminaba de regreso, cabizbajo, al departamento en Altamira, pensé: «Bueno, al menos los lentes de sol de segunda se salvaron». Estos se me quedaron en la habitación junto al pequeño y viejo teléfono móvil en desuso que me prestó mi padre, después de que una mujer, cuya barriga se le salía de la blusa, me lo quitara en un bus al haberme quedado dormido [ese había dejado de ser mi penúltimo robo]. La greñuda era mi vecina de viaje.

Y al son de pasos tristes, con una sonrisa forzada para no dejarme ver la derrota que me hacía chirriar los dientes, continué mi camino diciéndome al fuero interno:

«No miran que el vivo color naranja de la camisa de cuadros pequeños —o de rayas cruzadas que hacen cuadritos— lleva alguna pena o desilusión, es un naranja mojado por la lluvia vespertina repetida [¡cómo ha llovido!] con el mismo síntoma a la de la mañana y a la de ayer. «Si no hubiese llovido, no me hubiesen robado», pensé. No miran que los lentes de sol escarapelados son para tapar los cristales de impotencia. No miran que llevas dibujada una sonrisa que es combustible para seguir adelante en el país indómito; sonrisa que lleva tinta de recuerdos, recuerdos que mantienen la sonrisa viva, vivos momentos que solo tú sabes cómo fueron, de sabores y aromas que extrañas por la crisis; sonrisa que es el destello de luz en tus vericuetos episodios oscuros. No miran que, tras la garúa matutina, los zapatos se curten de sucio con las salpicaduras de charco. Esperaba en una la fila para la foto de una nueva cédula de o, pienso, sin identidad en un país donde manda lo incorrecto, el desastre. «Se llevaron mi cédula, ¿adónde habrá quedado mi identidad?», pensé. Tuvieron que pasar más de seis horas para que se diera el encontró mío con foto tomada por una de las cámara que no estaba dañada, más de seis horas «porque el sistema estaba lento y estaba caído», aseguraban los del Servicio Autónomo de Identificación, Migración y Extranjería, mas nadie le dice así, se le conoce como Saime».

Mientras esperábamos en la cola del Saime, decía una señora que viaja con frecuencia al país del norte —tan odiado y amado Estados Unidos— que allá en el imperio «estos trámites son rapiditos» y no se te iba la vida en colas, colas y colas, como en las sempiternas colas por comidas, medicamentos, baterías y cauchos para los carros, duras y soleadas colas para comprar un suave y caliente pan. Sí, en muchas panaderías únicamente, por persona, una «canilla» —como le dicen en Venezuela al pan largo—. Decía mi mente: «Yo quisiera vivir en un país con apenas algunas reglas como las del norte, pero que quedara en este sur que perdió su brújula y su norte». Ojalá aquí las cosas funcionaran al menos con un diez por ciento de lo que funcionan en el país de las barras y las estrellas. En Venezuela, actualmente, y desde hace un rato largo, es norma, es ley, la anomia. De hecho, ya muchos empiezan a anexar en su vocabulario esa palabra.

—¿¡Cómo es eso que te robaron!? —te pregunta la gente, como si se tratase de un incidente ajeno al anárquico país de políticos malcriados que juegan a la casita de muñecas a ver quién se queda con el Ken—.

Después del “¿cómo amaneciste?”, toca responder:
—Amanecí. Al menos eso es bastante.

Y cuando me preguntan “¿cómo estás?”, en milésimas de segundos pienso qué responder para no decir el tan trillado «bien». Entonces me sale de la musa retorcida:
—Estoy, porque hoy otros no están, ni estarán.
—¡Cóntrale, vale!, ¡qué chimbo eso, qué desagradable!
—En un país anormal, no pueden suceder cosas normales —lancé la frase con el filo de un bisturí. Quien la oye, me asiente con la cabeza.
—Tienes razón —dijo.

Robos masivos

No fue un atraco, solo fue una nauseabunda y putrefacta necesidad de un delincuente indetectable, con la astucia de una ardilla y la flexibilidad de una rata, con las manos llenas de miseria, negras como el pie diabético que se pudre en el hospital sin camillas, sin medicamentos, recintos con peor olor que el del subterráneo [casi 80 por ciento de los centros de salud venezolanos presenta escasez de medicamentos, informaba tempranito en la radio un médico superhéroe]; manos manchadas de sangre seca como la de las aceras, manos que solo buscaban —lo más seguro— un celular de última generación, nada más; manos de un pusilánime que juega al fútbol para distraer su vicio o para esperar cazar a su próxima presa. Ayer yo y otro lote de gente más. ¿Quién será mañana?

En la tarde del día siguiente, una amiga me comentó que en el programa radial de la reconocida periodista Vanessa Davies, la comunicadora comentaba sobre los masivos robos y atracos en el Francisco de Miranda, conocido popularmente como Parque del Este, Gran Caracas; un espacio, por cierto, militarizado: con uno que otro soldado vigilando por aquí y por allá, un soldadito mirando el celular.

La culpa es del sistema

Un excompañero de trabajo, periodista amante de lo abstracto, alocado poeta buena gente, seguidor del fallecido «mesías socialista» venezolano que sembró esperanzas en los pobres sin esperanzas, diría que la culpa no es de quien robó, la culpa es del «sistema», un sistema donde el ratero aprendió el Padre Nuestro del hurto como pan suyo de cada día, un sistema donde la felicidad de muchos se desvanece y los policías son ladrones que roban a vendedores informales.

Parece que este sistema hace abandonar los cuadernos a cambio del hierro que mata y que les da cierto «prestigio» a los adolescentes frente a los chamos de la banda, hierro que hace que las carajitas del barrio se sientan seguras al lado del novio malandrín con pistola y moto, un «jevo» (novio) que les mete las lleva de paseo en su motocicleta, con falditas cortas, sin pantaletas, ¡muchachitas hijas de su madre! [«o sin madres, porque una madre no las dejaría, ¿o sí?», pienso], pendejas que también cambiaron un pupitre por una sala de parto, por tener una barriga gorda y unas piernas flacas, esqueléticas, porque se dejaron meter el hierro caliente que les disparó semen [«carajitas criando a carajitos», pienso], un sistema que enluta a madres con corazones rotos…

«¿A qué edad morirá o matarán a ese malandrín que se llevó el bolso? El malandrito lo único que sabe es robar, mentir, matar. ¿Vivirá más que yo que sé escribir, locutar, enseñar y crear?». Otro pensamiento que se debate entre la impotencia, la rabia, la arrogancia y la intolerancia.


manos que piden-manos sucias-manos negras
«Hay manos que piden, hay manos que roban; hay las que crían y hay las que crean; hay las que siembran, hay manos que escriben». LBV | Foto: archivo. Autor desconocido

Apenas me quedé con una botella de agua casi vacía tras el penúltimo robo. Me quedé con el sinsabor convertido en frío sudor sobre la ropa deportiva, con mis zapatos desgastados, cansados; con unas fervientes ganas de gritar, disimuladas por la sonrisa en mi rostro. ¡Solo se robaron un bolso con cosas!, ¿¡qué tanto!? «¡Ay, tan bueno ese bolso!», manifestó mi madre a través una llamada a larga distancia.

En la bolsa deportiva se fue también el sobrecito de azúcar que me había quedado de una cita con un filósofo —tipo brillante por además—, que tenía previsto endulzar el cafecito del fin de semana, café que ahora tiene que ser guayoyo para muchos venezolanos que sufren la escasez, una taza llena de pensamientos y reflexiones tras cada sorbo, como el café alucinógeno bajo el techo escarapelado.

Aquel jueves gris se llevaron todo. Me dejaron desnudo sin quitarme la ropa, pero no se llevaron mis ganas de seguir adelante, de cumplir mis metas. Tampoco se robaron mi sonrisa que hace ver a los que miran que no ha pasado nada. Y es la verdad, no-ha-pa-sa-do-na-da. El mundo continúa girando. Ayer murieron unos cuantos en manos de asesinos, de psicópatas, de enfermos por la guerra, fallecidos que son culpa del sistema; pero, para el mundo, no pasó nada; por eso, la vida continúa tras la buena fortuna de quienes continuamos vivos.

«Cuídese mucho, por favor, mire que los buenos somos pocos y no quiero quedarme solo…». Aquella frase me la regaló, con una sonrisa Duchenne, un adorable abuelo nacido en Vietman, unos par de días después del penúltimo robo; un anciano noble que me lo trajo la lluvia de esta mañana, que esperaba en un banco bajo un árbol flacuchento como el ciego del metro, un árbol que se resiste a morir en la Venezuela donde mueren más de 20.000 personas por homicidio, según el Observatorio Venezolano de Violencia. Ese agosto fue el mes más violento en los últimos tres años.


Apostillado

La gente que te mira no te mira el bolsillo donde sólo tenía 150 bolívares (0,15 centavos de dólar, según la economía actual). El dinero no era mío, sino de la bondadosa vecina. Me había dado 160 bolívares, pero 10 se los di al ciego, otro de los tantos, que pedía en el metro de Caracas, hombre enjuto guiado por su instinto y por un joven que lo sostenía de los hombros, adolescente con la melancolía de la Pietà de Miguel Ángel o la Piedad del Vaticano, melancolía de un cielo enladrillado sin un sol que lo desenladrille, apática melancolía amasada con nostalgia, melancolía por las fotos familiares que quedaron en atrapadas, sin guardar, en el celular; tristeza que vino a mí como la tristeza en el rostro de la anciana, la que vieron miserables.

Señora Delincuencia, está bien que me robar el bolso con todos los macundales, pero que no le he permitido a esta señora que vuela cual fantasma por todo el país que me robe mi alegría.». Así  finalizaba la carta que Noel Odra envió a su mejor amigo.


«Esto solo le pasa a un pendejo en un país de corruptos», pensaba obra mientras caminaba, no mirando al piso, sino sonriendo, aun con la sonrisa pesada.

Crónicas Cruzadas 2 | El decapitado y la fuente dormida: entre policías ladrones y buhoneros

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Pluma: Leonardo Bruzual Vásquez


«Se al…la hab…ción. Telf. 0416…86…»…


—¡Disculpen!, ¿pueden decirme de quién era el busto? —pregunta Noel Odra a quienes están sentados a tres pasos del pedestal decapitado por una guillotina de la sociedad: la delincuencia.
—¡Del Libertador! —responde un hombre como si se hubiese ganado la lotería, acompañado de una embriaguez y una dejadez que lo hacen ver más viejo de lo que aparenta ser. La inquietud del visitante le enciende a aquel tipejo los ojos agrietados; son afluentes rojos que recorren sus escleróticas y atraviesan los iris cafés hasta desembocar en los desorbitados cristalinos. La pregunta no iba para él. En realidad, la mirada del preguntador estaba dirigida a una joven con un chaleco impermeable, pelo largo, regordeta:
—Pero la señora que vende tortas y que tiene 30 años trabajando por aquí me dijo que era un angelito lo que ahí reposaba —refutó Noel.
—¡No, no! Ese era Simón Bolíva’ (sin erre) el que estaba ahí, pero se lo robaron —intervino la joven que terminaba de atender a un cliente en el tarantín de venta de golosinas y periódicos.

Un paraguas muy grande les sirve de techo. Ella acomodaba el dinero en orden de valor en el fajo que luego guardó en su bolsillo. Otra mujer con aspecto de aya, vestida de luto, rostro enjuto, le ayuda con el cuidado de una niña—. Ya vengo, cuídame ahí…
—¡Se la robaron y nadie vio nada? —repregunta Odra, quien ha pasado por ahí en otras oportunidades.
—¡Esto se jodió, señor! La delincuencia acabó con todo —se incorpora nuevamente el sujeto de rostro duro y empieza a mover las ruedas de su maltratada silla. La afirmación vino después de que un corrientazo enviado por su cerebro le activó el cuerpo empachado de un ron callejero—. ¡Aquí la delincuencia es cri-mi-nal! ¡Esto se jodió!
—¿Y por qué no han colocado de nuevo el busto? ¿Qué pasó? —insiste quien comenzó con la conversación mientras hace una inspección ocular del pedestal cual detective.
—Mire, mi amigo, eso tiene tiempo así, más nunca lo acomodaron —y Luis estira la palabra tiempo hasta que se le gasta el aire de sus ebrios pulmones—. La Alcaldía lo reparó hace años —alarga la palabra años—; y para que usted vea cómo estamos, al día siguiente ya se habían robado la cabeza. ¡Esto se jodió!

Luis, un hombre de voz áspera, achicharrada por el ron y desgastada como las ruedas de su silla móvil, no trabajaba bajo la sombra de los dos mamones que resguardan el quiosquito plegable detrás del pedestal degollado que solo sirve para que la gente pegue afiches, anuncios, publicidad, propaganda partidista…

Es mensajero de un organismo del Estado, muestra su carné. Propicia el respeto en el trato con otros, a pesar de su borrachera y atorrante voz, aunque su cordialidad asusta: cada vez que comienza una frase, la primera palabra alcanza niveles agudos que decaen y vuelve a subirle el volumen —dos palabras que suenan fuerte al tímpano son separadas por otras dos o tres que suenan en tono más grave—. Está en silla de ruedas no por un disparo, sino por otra complicación que no sabe cómo explicarla; la resume como «un absceso». En el coxis tiene una pelota grande y blanda que se toca para indicar que no es un disparo, para dejar claro que no es delincuente.

Perseo y Medusa_escultura de bronce

Por aquel pasadizo de unos 50 metros de ancho y 100 de largo también hacen vida comercial otras personas de distintas zonas de Caracas. Necesitan llevar el sustento a la casa. ¿Con qué le dio de comer mis hijos?
—¡¡«Llieve» las tortas caseras, las torta’, torta’, tortas!! —Tibisay promueve su esponjoso bizcocho picado en pedazos grandes.
—¡Dame una! —le dice un señor que no pasa de los 40 años y que parece conocerla. Usa una camisa verde como las hojas que retoñan del mamón que está sobre ellos. El pantalón lo lleva puesto como Cantinflas. Él le entrega 150 bolívares y ella su pedazote de suave torta que en otros lados cuesta el doble o hasta el triple, y son más pequeñas.
Tibisay no le devuelve el cambio. Sorprendido, le pregunta:
—¡Cuánto están costando?
—150.
—¿Las aumentaste? —insinúa el descachalandrado hombre con un acné que nunca pudo curar.
—¡Cara’!, ¡y en qué país tú vives? —ya ella había guardado el dinero en una paca de billetes coloridos que reposan en un bolsito que usa cruzado: lo llaman ‘bandolero’.
—¡Ah, entonces mejor no! —se arrepintió el comprador. El arrepentimiento fue solo de voz porque su cuerpo quedó con las ganas de probar la torta casera conocida como ‘marmoleada’. Se enjugó la baba de sus ansias—. ¡Yo pensé que estaban a 120!

El descachalandrado le entrega el bizcocho envuelto en una bolsita transparente y ella le regresa un billete marrón y otro verde como el color de la camisa que lleva el despeinado hombre. Se marchó, se quejó, se indignó.

Antes, un joven le compró una porción a la simpática mujer. Llegó allí de repente, pero se fue lento, arrastrando el pie derecho doblado a la izquierda unos 95 grados. La fricción con el pavimento le comía la delgada suela de los deportivos blancos, sucios como las manchas mugrientas del piso que tiene muchísimo tiempo, quizá meses, quizá años, sin limpiarse y que ya pasó a formar parte del diseño barroco del granito. Por más que intenta, no puede despegar de la superficie la suela que está más desgastada que las ruedas de la silla de Luis.

«¡¡Moringa, moringa!!; ¡¡moringa, moringa!!». Así vende el vecino de Tibisay, del lado izquierdo, la hoja de este arbusto de países intertropicales, usada no solo para la relojería y perfumería con un método industrial, sino para hacer de forma casera la infusión que alivia achaques y otras complicaciones que están anotadas en una lista sobre el rectangular anime que sostiene los pequeños empaques. Parece marihuana, pero es más verde. El vendedor no destila olor a licor, pero parece tener encima, además de la camisa melón manga larga, una larga resaca que no se la ha quitado de hace semanas.

Al lado del moringuero, a unos 10 pasos diagonales del pedestal, otra mujer de tez oscura como la noche intenta vender zarcillos mientras calma el agudo llanto de un infante que tiene en brazos. No promueve su mercancía. Quien se interesa por las baratijas femeninas se detiene, los ve con sus ojos y con la dermis de sus dedos, pregunta el precio y siguen. En un cartelito se lee: «100 bolívares cada uno», el billete venezolano de mayor denominación, color marrón.

A la derecha de Tibisay, separadas a cinco zapatos de distancia, está una mujer maquillada como para una película de terror donde ella hace el papel de doble de riesgo. Como buhonera encarna muy bien el personaje. Tuvo una discusión con el tinte que le terminó manchando de dorado sus cabellos lacios castaños y que hacen ver su piel más amarilla. Vende coloretes tanto para la cara como para los labios. Y más allá hacia la derecha, otra señora, otro señor; exhiben al peatón las franelas de tela, delgadas como un colador de café. Y más allá otra gente ofreciendo ropa y ropita usada. Y más allá, más gente vendiendo dulces, baratijas, cositas, ‘periquitos’, ‘bichitos’, ‘bicharenguitos’; como dicen ellos, «ganándose la vida»… La anciana de la avenida San Juan Bosco de Altamira encajaría bien con este elenco de buhoneros.

Están ahí porque consideran estratégica la zona. Es el paseo Ávila, al lado de plaza Caracas, en el centro de la ciudad, municipio Libertador. Al final, en la esquina del callejón, esta la estación Capitolio, del metro de la atropelladora urbe. Gente baja y sube, gente que se tropieza como las hormigas. Ellos venden allí en zozobra porque no les permiten comercializar nada en ese espacio.
—No podemos vender aquí porque dicen que es ilegal —se lamenta Tibisay—. Vender tortas es ilegal… [silencio]. Solo se oyó el vaho hediondo que destilaba la alcantarilla rota en la entrada de la estación del metro, distante a unos 20 saltos de Caperucita.

Temen que los policías le roben la mercancía. Si eso ocurriere, no se la devuelven. Pierden todo, menos la plata; y si quieren que su inversión regrese a sus manos deben pagar el monto de lo decomisado. Al menos así dicen ellos.

«¡Mira, mosca! ¡¡Los pacos vienen por allí, están de aquel lado!!”, les sopla una mujer que sabe cómo se mueve el maní por ahí, que sabe cómo se mueve la zona. La vendedora de tortas caseras, de vainilla con chocolate, tiene sus corotos montados en un carrito pequeño de hacer mercado, por si acaso se prende como pólvora la corredera; los otros no. Este es el pan suyo de cada día, el de todos los vendedores, ahí, sobre el mugriento piso, más negro que el asfalto deteriorado de las calles contiguas, más negro que la negra de las zarcillos baratuchos.

El angosto jardín a sus espaldas está más calvo que moringuero. Desde hace rato no le cae agua de la lluvia ni le cae agua de quienes se encargan de cuidarlo, ni le echan agua de la fuente artificial seca, fuente dormida, que aseguran sí funciona; pequeña estructura azul llena de basura que ya no vigilaban los ojos del busto del Libertador, sino el ciego pedestal decapitado una noche de esas donde nadie ve nada, que dejó de ser pedestal para convertirse en cartelera: «asesoría legal. Llame al…», se lee en un recorte; «se al…la habi…ción. Telf. 0416…86…», anuncia el papel rasgado que no deja ver quien fue otro de los que pegó avisos sobre el mármol forrado con rastros de periódicos que no se terminaron de revisar.

Odra no tuvo la certeza de quién era el busto del renegrido pedestal a unos 20 pasos de la fuente separada de plaza Caracas por una callejuela. Pensó: «Sobre esa base luciría bien la cabeza de Medusa, solo que la Alcaldía debería pedírsela prestada a Perseo; así habría más ojos vigilando la zona de la delincuencia, y las serpientes venenosas chiflarían con su zigzagueante lengua para alertar a los vendedores informales de los abusadores policías, policías corruptos…


… Si los ladrones regresaran e intentaran decapitar esta vez la cabeza de Medusa, quedarían petrificados y todos sabrían quién o quiénes se llevaron el busto de ‘Simón Bolíva’. ¡Qué buena obra de arte!

Capítulo III


 

Apostillado

La torta que costaba 150, una semana después ya valía 200 bolívares: «Todo subió de golpe», sentencia Tibisay. Ya ella no estaba bajo la sombra del mamón, sino al lado de la fuente donde se reúnen sordomudos, ancianos con tres o seis patas y los que no se rinden en sus sillas de rueda; porque los pacos están en la zona. Tibisay ya no tiene a su lado a la negrita oscura como la noche de ojos achinados, sino a otra morena que vende un dulce de coco embadurnado de papelón. Ambas andan de aquí para allá, de allá para acá, atentas, porque los pacos hace días llenaron un camión de puro decomisos, dicen. «En vez de irse a Petare, a la Cota 905, a sacar a esos malandros de allí, nos vienen a tracalear, nosotros que le estamos echando bolas a la vida», se queja Tibisay, se queja su gente…


Capítulo I

Foto 1: ‘Perseo victorioso con la cabeza de Medusa’, una escultura de bronce fundido del artista plástico italiano Benvenuto Cellini, altura 519 cm, solicitada por el duque Cosme I. Está ubicada en la plaza la Signoria, Florencia, Italia. Se presentó al público el 27 de abril de 1554 | Cortesía: Doppiozero | Info: Universitat de València

Foto 2:  Medusa, un ser cuya mitología griega sustenta que si se le miraba al rostro podría petrificar a las personas | Diseño de Itskatjas

Crónicas Cruzadas 1: La anciana y los miserables

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Leonardo Bruzual Vásquez


… otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra…


—¡Qué escena tan miserable! Esa anciana desaliñada, vestida con trapos remendados, sacados como de un mantel viejo tirado a la basura y orinado por los gatos; camina, se arrastra, se sienta ese sitio todos los días; siempre la veo ahí —pensó, y mientras pensaba, lo decía a su acompañante.
—Para ti es fácil decirlo —le replicó quien le sigue sus pasos, caminando al filo de la acera maltratada.
—¡No, no es fácil! —refutó frunciendo el ceño—. Es fácil pensarlo, pero decirlo me costó. ¿Soy miserable por eso o más miserable es ella?
—Creo que todos en esta vida tenemos una cuota de miserables…
—¿Miserables por cómo actuamos o por cómo pensamos? —le interrumpió, y se miraron firmes mientras la gente que caminaba en sentido contrario pasaba entre los dos.
—A veces, solo por el hecho de ser, de vivir, de respirar, se es miserable —su acompañante se ajustó los anteojos en el tabique de la nariz, con el dedo izquierdo.
—¿Entonces soy miserables por criticarla a ella sin saber por lo que pueda estar pasando, sin saber por qué se sienta ahí en ese lugar que ella hace miserable? —terminó cuestionándose Pedro y se secó su sereno sudor sebáceo que discurría por su sien derecha, una gota fría como el hielo, que quemaba como el hielo seco adherido a la lengua.

Manos ancianas_de Sara Uria
‘Manos ancianas’ es una obra sobre lienzo realizada por la artista plástico española Sara Uría | Cortesía: Artelista

Aquella tarde siguieron su camino para tomar el tren subterráneo y pasaron por un costado de la plaza Francia de Altamira, ideada por el arquitecto Luis Roche —fue un convenio entre ambos países, en París hay una plaza Venezuela—, en cuyo centro hay un obelisco que enciende sus luces por la noche, aunque, muchísimas son las noches en que el mismo obelisco se siente miserable porque sus luces apagadas lo hacen ver más oscuro que la sombra que proyecta. Su dieta eléctrica seguramente está influenciada por la dieta energética que tiene todo el país.

Cruzaron un par de transversales, esquivan algunos promontorios de basura en su andar, seguían hablando de la anciana que consideraron miserable como la crítica que le tejieron él y su acompañante. El perfume que destilaba los desperdicios que vomitaban lentamente las bolsas negras en la avenida San Juan Bosco generó que hicieran una crítica justa hacia los responsables de recogerla en aquel sector que muchos consideran como el mejor de la gran ciudad.

Van y vienen, vienen y van; bajan, suben, suben, bajan; la gente pasa, lento, rápido, caminando, trotando, por aquella acera y la ven allí; otros ni se percatan, otros no huelen la ropa lavada solo con agua, cabellos enjuagados solo con el sudor de los ancianos años de la anciana; no lo palpan con sus sentidos ni los que la ven, ni los que ni la ven.

Lo más seguro es que ni se den cuenta de cómo llega esa octogenaria que habla sola en esa caminería contigua a un edificio en construcción perteneciente a la Alcaldía. ¿La dejan ahí y la sientan? ¿Llega sola y se sienta y luego coloca su manta de lana oscura sobre sus piernas y las dobla para dar la impresión de que está invalida? ¿Vive cerca de allí y adorna el escenario para hacer el momento más real, más sufrible?

A la misma hora, en el mismo lugar, con su desdentada boca, con sus harapos fregados con agua de lluvia, con sus cicatrices de sus años que le pesan como si llevara una cruz de toneladas cubierta de espinas y con su tumbao enfermizo; la mujer, de canas largas que se entretejen con cabellos negros desteñidos, acude a lo que tomó como último trabajo de su vida: pedir limosnas sin abrir mucho la boca, ¡es que ni la abre! —susurra más suave que la brisa, más tenue que el tac tac de los tacones, más débil que el sonido de los preocupados pensamientos de los peatones—. Suplica dinero con la expresión de su rostro, de sus entristecidos ojos, gesto adolorido de sus decadentes décadas. Mete los churupos en su curtido monedero marrón, no por ser de cuero sino por lo sucio, por lo renegrido.

Pedro besa a su acompañante en la mejilla —muy cerca del filo de la boca donde termina la sonrisa— cuando llegan a la esquina de la estación Altamira del metro de Caracas, en Chacao, estado Miranda. Unos caminantes se dan cuenta del gesto de amor, otros comentan, otros los dejan ser, otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra, sombra que no se refleja tampoco sobre el pavimento frío de la calle color excremento, olor excremento, hedores a aceite quemado y a comida rancia, rancia y que rezuma un tufo ácido, ácido cual los comentarios de la muchedumbre que no aguanta la podredumbre del país enfermo como la anciana. La anciana está menos enferma que el país.

Mientras tanto, la matriarca sin dolientes así como llega, se va, sin que nadie sepa más de su vida; pero antes, desenrolla su moña de cabellos, los intenta alisar con su peineta y su mano derecha, mientras tararea palabras que solo ella escucha. Los vuelve a enrollar para luego contar los billetes al son de mojar su dedo con la seca saliva de la punta de su lengua, para saber si la jornada de actuación estuvo buena, regular o mala. ¡Qué escena tan miserable!

Capítulo II…


Apostillado

Días después, a la señora de rostro marchito como una rosa se le ve más sonriente, más limpia, esperanzada, incluso tararea canciones mientras cuenta el fajo de billetes en el que predomina el color azul, el de dos bolívares, el de menor denominación en Venezuela. El tronco del árbol que alguna vez dio sombras ahí está casi al ras del suelo y a veces le sirve para descansar los magullados pies que se sancochan en sus zapatos negros.