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Con todos los sentidos...

El tren de la comunicación

¡Detenga ese tren! A alguien se le olvidó sentir...

Una persona siempre quiere ser entendida. Pero ¿deseará la gente tener mejor comunicación? Creo que todos la queremos, y no solo eso: la necesitamos; mas no parece estar en la memoria consciente del individuo que expresarse y comunicarse son dos cosas diferentes. Tómese en cuenta que quien comunica se expresa, pero no necesariamente quien se expresa comunica.

   Expresarse es ‘darse a entender por medio de la palabra’, y expresar es lo que se ‘manifiesta con palabras, gestos, miradas’. Por su parte, no ha de ser un desatino que comunicar tenga en su segunda acepción (en el diccionario de la RAE), ‘descubrir (desvelar o revelar), hacer saber algo a alguien’. Todavía más directo a la diana, el diccionario nos recuerda un tercer significado: comunicar es conversar. ¿Puede dudar alguien que conversar requiere de dos, de que dos partes se expresen lo que sienten o creen? Incluso para conversar con uno mismo, ¡necesitamos del yo que se expresa y el yo que escucha! ¿No crees? Y por si fuera poco, en una cuarta acepción, comunicar es ‘transmitir señales mediente un código común al emisor y al receptor’. Entonces, podríamos decir que expresarse es de uno y comunicarse es de dos, y esos dos necesitan tener un código común para poder entender lo que expresan, creen, sienten.

Éxito en la comunicación

El éxito de comunicación interpersonal radica en lograr que: lo que expresamos sea verdaderamente sentido por el otro, por quien escucha. Léase bien: no solamente que nos vean y nos oigan, sino que el otro sienta y perciba lo que hemos dicho.

   Ese éxito va más allá de la voz, de los oídos y de los ojos que leen lo que se ha escrito —¡y vaya!, nada fácil ese reto de darnos a entender a través de la palabra escrita—. Digo que va más allá porque quien quiere ser realmente entendido debería intentar comprender lo que le dice su entorno (absolutamente todo lo que le rodea), y comprenderlo no solo desde los sentidos básicos para comunicarnos (visión y audición), sino desde la piel, los sabores, los olores; incluso, y que no quede dudas de esto, desde el alma.

   Comunicación efectiva es éxito en la comunicación. No es: dije, me vine, y cuando vuelvo no ocurrió lo que dije. Eso no es comunicarse; eso es ‘decir’, ‘hablar’ (y dependiendo del escenario, es ‘imponer’, ‘mandar’).

   Para alcanzar la panacea en las olimpíadas de la comunicación, implica también, por un lado, saber entender al otro desde todos sus ángulos —con todas sus formas y sus colores como suelo decir—; y, por el otro, descubrir del escuchante la opinión que tiene respecto a lo que le has expresado —eso que llaman ‘retroalimentación’ (feedback); y, si ambos se entienden, eso es lo que llamo «alquimia comunicacional»: saber acompasarse con el otro, saber conectar (aun muy a pesar de sus diferencias, porque se entiende al interlocutor desde su todo y no desde mis miedos, caprichos y prejuicios).

   ¿Cuántos no habrán oído —porque escuchado es asunto de otro vagón— que «no es lo que digo sino cómo lo digo». Aquí estamos en el vagón de la paralingüística: todos los códigos no verbales que acompañan al mensaje. En este vagón también viaja monsieur Metamensaje con un abrigo de mink, botas y gafas oscuras, gorro de punto largo de lana sobre su peinado de garzón, una pierna cruzada colgando, leyendo la primera edición de Le Mercure Galant y mirando a todos, sigiloso, por el filo de la revista sin que nadie se percate que él los observa.

  «Esa máxima» que parece venir de la Biblia, pero alguien tuvo que haberla escrito en el Antiguo Testamento y que a su vez la robó de los jeroglíficos de alguna caverna—, condensa el elíxir de la buena comunicación, la comunicación efectiva y afectiva. En «cómo lo digo» pudiera estar la clave de una comunicación centrada en la empatía, la amabilidad, la humildad, la compasión y el respeto. 

   Pero la Señora Frase envejece cada día más rápido y viaja sola en el cabús, último vagón del tren. Ella sigue esperándote a ti vestida como la Campaspe de Auguste Ottin, comiendo uvas pasas con una coquetería sin igual y tomando un licor dulce y viscoso. Se sonríe y sigue comiendo las uvas del tiempo. Ve de lejos cómo nos tropezamos comunicándonos, tropiezos que tenemos porque asumimos —muchas veces desde el soberbio ego— que el otro ha debido entendernos; ¡condenado ego! que no nos deja pensar por un momento si hemos sido nosotros quienes no supimos expresar bien una idea, para así evitar caer en los confusos pantanos de la ambigüedad, ¡malvada anfibología! que nos hunde en discusiones tantas veces caprichosas y sin sentido.

Un asiento para Entendimiento

Y en este tren que recorre las estaciones de la vida, yo voy de pie, por cierto, ¿quién le da un asiento a Entendimiento? ¿¡Nadie!? ¡Pero caramba!, acaso no ven que este vetusto señor de barba larga, bastón con punta de hierro, sombrero de copa alta y monóculo trae consigo la ‘potencia del alma, en virtud de la cual (el alma) concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otra, de las cosas que ya conoce’. Él es la ‘razón humana’, el ‘buen acuerdo, (esa) relación amistosa entre los pueblos y sus Gobiernos’. ¿¡Es que acaso nadie le da valor a eso!? ¿De verdad nadie tiene la amabilidad de darle un puesto a Entendimiento Agente?, que, tomado de Aristóteles y luego de Averroes, es ‘el que ilumina las cosas y las hace inteligibles’.

   ¡Ah, bien bueno! Y después usted se queja de que no es entendido(a), de que nadie le entiende. Tal parece que todos andamos en esa lucha infatigable, desmesurada y trajinosa de querer ser entendidos; pero desafortunadamente no todos tienen la habilidad desarrollada de transmitir lo que siente; de hacer que, lo que expresa, realmente se entienda y conecte.

   Por ello, quien habla, quien escribe, debería trabajar más sobre la base de una comunicación multisensorial, una comunicación más kinestésica (con todo el cuerpo, incluso con el alma). Es un asunto que va más allá del simple hecho de ‘decir’, que va todavía más allá de una frase o palabra simple o compleja, y que, además, requiere de la virtud de ser empático y compasivo: dos palabras primas —o hermanas, según sus significado, ¡cuidado si no gemelas o siamesas!— vocablos que no parecen estar abrazados a eso que llaman: «inteligencia emocional», sino a la sabiduría, «sabiduría emocional». Y no solamente se trata de tener desarrollado ese último don sino también el «don de gentes»: esa ‘disposición peculiar de quien es muy sociable en el trato y tiene la facilidad de atraer y persuadir a los demás’.

   Y de pronto pienso: ¿Quién en estos tiempos detiene un tren repleto de gente para que una madre recupere un escarpín que se zafó del piecito de su bebé enfermo? Recuerdo haber visto aquel zapatico tejido caer por entre la ranura de la puerta del vagón y el andén. Pero nadie detuvo el tren. Todos andaban en automático y borrachos de estrés, pero la que va tomando ron de ponsigué es la Señora Frase que aún tiene fe.

   ¡Época! ¡¡Detengan este tren!! Regresemos por Sentir y démosle un asiento junto a Entendimiento para que fluya en los vagones de la vida la comunicación de los afectos, del trato y del tacto amable, esa que hace que lo que decimos tenga buen efecto.

   Si nadie lo detiene, presionaré el botón de emergencia…

«Si no sientes y palpas lo que está fuera, difícilmente podrás conectar con lo que tiene el otro dentro y tampoco podrán conectarse contigo, pero todavía más jodido será si dentro de ti está un yo que habla para imponer una idea, en vez de un que escucha, propone y se conecta desde el alma».

   … el botón de la compasión. 

   Los 100 decibelios del silbato del tren tal parece que ha dejado sordo a sus tripulantes. ¡¡Se olvidaron de escuchar, de sentir, de comunicarse y convivir!!…

|| 1.ra edición: 27 de julio, 2020 | 4:18 a.m.
|| 2.da edición: 29 de julio, 2020
|| Imagen: Getty Images | ‘Tren de la muerte’ en Bombay.
|| Me prestaron sus ojos: Marisol Vásquez y Luiscarlos Palacios.

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Leonardo Bruzual Vásquez

Primero humano, luego orgánico, después todo lo demás...

En Bruzualizar Media queremos ser una escuela para conectar con la fibra del otro: para comunicar más allá de las palabras, para comunicar Con todos los sentidos.

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